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ADN mexiquense

Ante la barbarie: el silencio y la demagogia

Eduardo Garduño Campa

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El femenicidio ocurrido en Tenancingo la semana pasada. La víctima, una estudiante de la licenciatura de enfermería en la UAEM.

Los secuestros de empresarios en Toluca hace menos de 40 días.

La ejecución de dos mujeres de la tercera edad en Calimaya hace 6 semanas.

La violación y ejecución de una niña en Nezahualcóyotl.

El secuestro y asesinato de una mujer en Coacalco hace tres semanas.

El asalto a mano armada a más de cien negocios en diferentes puntos del Estado de México.

Son sólo algunas de las cifras que marcan el nivel de inseguridad que hay en la tierra del internacional Isidro Fabela.

Pero lo sorprendente es cuando los presidentes de los municipios con mayor incidencia delictiva, entre los que está Ecatepec, Nezahualcóyotl y Chalco, se atreven a decir que se le ha arrebatado a la delincuencia y esas demarcaciones son más seguras que hace cinco años.

Nada más falso que eso: esos municipios, como muchos otros de la entidad, viven hoy una situación de terror y sus habitantes cada vez más acostumbrados y preparados a que en cualquier momento sean víctimas de la delincuencia y no gozar de la tranquilidad que se merecen.

No basta hacer una fiesta cuando se detiene a una banda delictiva si en operación existen diez o 20 más que mantienen a la sociedad aterrorizada y a su merced.

Felicidades a las autoridades cuando desmantelan a las pandillas de maleantes, pero no se puede hacer una fiesta por detener a una mientras en las calles siguen operando más de cien en la comisión de muchos delitos, robos, secuestros, extorsiones, narcomenudeo, homicidios, violaciones, etc.

Es una pena que las autoridades traten de ocultar la barbarie que se vive en las calles de todo el Estado de México y en el Valle de Toluca en particular.

Pero más preocupante que los jóvenes antes de mostrar alerta por lo que les puede pasar, están más conscientes de que en cualquier momento pasarán a formar parte de la estadística y que "ni modo, es lo que me tocó vivir".

Eso es lo que las autoridades no pueden permitir y mucho menos pronunciar, que es lógico que la actividad delictiva se convierta en parte de nuestras vidas.

Es indignante que un jefe de la policía te señale:

"Hay que aceptarlo, en cualquier momento nos puede pasar a todos".

Y lo que esperamos como ciudadanos de parte de los guardianes del orden es:

"No lo permitiremos y ustedes estarán seguros".

Pero ante la incapacidad de frenar el embate de los delincuentes, recibimos por parte de la autoridad: "Es lo normal, hay que estar prevenidos para lo peor".

Eso es triste y preocupante.

Porque con estas actitudes de la autoridad queda claro que han sido superados por la delincuencia y por lo tanto habrá que estar preparados, no para mejorar nuestros niveles de bienestar, sino para enfrentar situaciones de crisis.

Qué pena.

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