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Lunes , 15.10.2018 / 21:45 Hoy

Columna de Edmundo Font

Venezolanos transterrados

Edmundo Font

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...Y aquel trozo de canto tuyo refulgió de repente en mi boca como una flor purpúrea y bajó hacia mi sangre, llenándola de nuevo con una alegría desbordante nacida de tu canto.
Y yo pensé no solo en ti, sino en tu Venezuela amarga.
Pablo Neruda

Venezuela “fuera de madre”, no es ningún insulto. Tampoco una irreverencia, o una frase producto, o fruto fácil de alguna frivolidad retórica. Es una triste constatación. Hay torrentes de seres humanos que desbordan los cauces de ciudades, llanos, selvas, y montañas, y que han acabado, a costa de su alto desarraigo, plantando venezolanidad en otros países del mundo (algunas notas de prensa de los últimos días revelan prácticas de quienes estarían traficando con pasaportes a precios estratosféricos: un documento de viaje alcanzaría los 15 mil dólares; ello representa décadas de salarios mínimos con la inflación galopante de allá).

Pocos ignoran, pese pinchado globo de declaraciones a modo a las que nos somete la presión de muchos líderes políticos, las razones fundamentadas para esa dislocación involuntaria, ese “transterramiento”, como bien podría llamarlo el gran filósofo republicano José Gáos; en Venezuela se ha producido un éxodo brutal de más de 2 millones de personas en los últimos diez y ocho años.

Los motivos de una desbandada que nos desgarra, se llaman también, entre otros motivos, deterioro económico y político, inseguridad extrema, ansias de supervivencia, persecución, dolencias en busca de tratamiento.

Y también, en quien procura apoyo y concientización en el exterior, se da una sed subsahariana de provocar manás de ideas discutidas para alcanzar acuerdos, en nombre de una tradición de alta ventilación democrática —pese a las recurrencias cotidianas de vientos huracanados, brisas congeladas andinas y vapores caribeños—; influjos, en pocas palabras, de densas atmósferas políticas como las que han conformado la identidad de un pueblo que durante casi dos siglos se ha inspirado en el ejemplo de un verdadero revolucionario histórico, contrario a los absolutismos de su época —cuya trayectoria heroica se inscribe en el contexto de la lucha contra la sujeción colonial de su tiempo.

Ese hombre legendario, Simón Bolívar, expropiado por los oficialismos y transformado en pancartas y cromo de propaganda, más que en la efigie moral de justo legado, se opuso siempre a la mezquindad de las facciones interiores de la Gran Colombia, y combatió lealmente a los que pretendieron instrumentalizarlo. El verdadero Libertador fue un personaje de acerada espada justiciera, a prueba de secuestros de aquellos embriones de derecha o de izquierda de su época; resistió a revisionismos liberales y conservadores. Los aprendices de brujo de una trasnochada manipulación ideológica no permiten que reposen sus restos.

Venezuela ya podría verse también en el mundo como “un país portátil”, frase que apuntalaría muy bien su artífice, Adriano González León; sus hijos andan por el mundo repartiendo una envidiable vitalidad creativa, la de una configuración ciudadana Caribe, llanera, montaraz, selvática prodigiosa, y ejemplar.

Uslar Pietri, Jacobo Borges, Oscar de León, Blanco Fombona, Rómulo Gallegos, Otero Silva, Eugenio Montejo, Reverón, y una larga pléyade de grandes pensadores y artistas venezolanos habrían estado, tal vez, repensando sumarse al éxodo de muchos de sus conciudadanos para seguir creando, y a la vez, prefigurando anclas de una resistencia interior heroica, espiritual y de la más alta moral republicana, desplegada en varios rincones del mundo.

Devastador sería tan solo pensar que estos portentos del quehacer de la alta cultura del continente podrían haber acabado en gulags de silencio o en represiones kafkianas, como las de los procesos que sufren tantos militantes de la oposición.

Son contados los pueblos que como el venezolano esbozan una sonrisa con el alma, reflejando un carácter singular en el uso de un humor cáustico y tropical que los rescata, por momentos, de las hondas penas que impone el desarraigo del exilio; muchas de sus hijas e hijos dueños de ritmos de entonación y buen talante que cautivan con su dejo al hablar, andan por allí, con júbilo y tristezas mezcladas denunciando las caretas de un carnaval de disfraces supuestamente izquierdistas, que prefiguran, cada día más, un triste desfile trágico político.

En medio de esas marchas forzadas que se producen ahora, esa suerte de Orinoco humano desbordando, seguirá fluyendo mi afecto por una bella gente hermana que cultiva una sólida cultura popular, y una agudeza intelectual seductora. Los venezolanos despliegan una valiente contundencia de ideas con las que defienden sus valores libertarios.

A esas miles de personas sufrientes, cuyos afanes de libertad y mejor futuro les obliga a dejar todo atrás y a transformar todo su patrimonio en unos cuantos bultos con los que atraviesan los confines de Venezuela con Colombia y Brasil, les dedico, no un pregón que injiera en el derecho soberano con el que deben decidir su destino, sino un pensamiento de profunda solidaridad latinoamericana. Es triste constatar que se repiten algunos tiempos aciagos ya vividos en nuestro continente.

Y como “Aviso para Navegantes” de esperanza en la brega democrática de los que se van y de aquellos que se quedan —a quienes admiramos también por su resistencia moral— retomo del “Canto General” un fragmento de las vigentes líneas de la poesía combativa de Pablo Neruda, cuando le dice en una carta-poema entrañable de 1948, premonitoria, a Miguel Otero Silva:

“...ya no queda en un mundo de úlceras estucadas si no nosotros, indefinidamente alegres. Veo pasar al cuervo y no me puede hacer daño. Tú observas al escorpión y limpias tu guitarra. Vivimos entre las fieras, cantando, y cuando tocamos un hombre, la materia de alguien en quien creíamos, y éste se desmorona como un pastel podrido, tú en tu venezolano patrimonio recoges lo que puede salvarse, mientras que yo defiendo la brasa de la vida”.

“Qué azul es la vida, Miguel, cuando hemos puesto en ella amor y lucha, palabras que son el pan y el vino, palabras que ellos no pueden deshonrar todavía...”

“Están perdidos con nosotros Miguel. Qué pueden hacer sino matarnos y aún así les resulta un mal negocio. Solo pueden tratar de alquilar un piso frente a nosotros y seguirnos para aprender a reír y a llorar como nosotros...”

Me atrevo a decir que Neruda suscribiría de nuevo esa añeja misiva dirigida a Otero Silva y que se traduce en un mensaje solidario para quienes son perseguidos por sus ideas. Ese texto del “Canto General” es un profundo mensaje de sostén hacia quienes se ven forzados a dejar su patria, y a trasplantarse, en busca de un futuro que se les escatima de forma dramática en su país. Emigrantes de esperanza siempre en el retorno.

*Edmundo Font es diplomático de carrera con rango de embajador desde 1989; además de la crónica, incursiona en la pintura y en la poesía.

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