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Miércoles , 15.08.2018 / 10:45 Hoy

Columna de Edmundo Font

Para Walcott, honores de Jefe de Estado (y de la más alta poesía)

Edmundo Font

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Derek Walcott acaba de volver a sus semillas: lo sepultaron ayer por la tarde con honores de Jefe de Estado que le hubieran hecho sonreír, sin que adivináramos la índole de sentimientos de esa expresión que reunía, en su partida definitiva a sus 87 años, una entrega memorable a la más alta poesía y a su isla entrañable, origen de su energía y fin último de su creación, partiendo de lo particular a la universalidad alcanzada.

El Premio Nobel de Literatura de Santa Lucía yace en la explanada de Morne Fortune; acompaña a su coterráneo y colega en el reconocimiento de la academia sueca, Arthur Lewis —este último en la disciplina económica—. Desde ese “cementerio marino” de dos tumbas se divisa la herradura de una isla ya literaria, que marcó su obra como huellas de arena petrificadas ahora por la admiración y el reconocimiento de un pueblo que desfiló por la mañana frente a su féretro en el Parlamento, antes de congregarse en un adiós ecuménico en la basílica de la Inmaculada Concepción.

La firma del libro abierto en el salón de plenos era seguida de un breve momento de homenaje individual frente al féretro cubierto con la bandera de Santa Lucía —paradójicamente diseñada por Dunstand Saint Omer, su amigo desde la niñez, y el más entrañable de todos—. En ese recinto, al que asistí tantas veces invitado, la familia de Derek, presidida por Sigrid, su amorosa compañera durante 30 años, era saludada para expresar las condolencias. La escena estaba marcada por una elegancia extrema. El bello grupo de familia, sentado en el palco de huéspedes oficiales, desprendía un halo de dignidad extrema en medio del dolor que se expresaba de manera continua.

A la salida del Parlamento y ya rumbo a la basílica, arribó un destacamento con banda militar para acompañar el cortejo. Mi hija y yo fuimos convidados para incorporarnos a él y asistimos a la presencia doliente de personas apiñadas en las aceras. Era una manifestación del pueblo caribe, del que provenía Walcott y al cual se prodigaba. A los pocos minutos pude ver que se acercaba por la calle el primer ministro, Allen Chastenet, pero la sorpresa mayor fue verlo acercarse a nuestro lado, y saludarnos con el afecto que siempre nos unió cuando tuve la ocasión de tratarlo en mis tiempos de Santa Lucía, en que los que el actual Jefe de Gobierno era un prometedor político, entonces en la oposición.

Veneración

El servicio religioso, con el cuerpo de Walcott presente, en la antigua basílica, de techos espléndidos de madera y herrajes antiguos en las bóvedas, con motivos casi apagados y en las sombras, fue oficiado por el arzobispo local y por dos ministros de culto metodista. Vivimos una lección de pluralidad religiosa cargada de simbolismo para un Walcott librepensador y de tendencias abiertas y universales. A la misa ecuménica asistió toda la carga del Estado y del gobierno, encabezada por la gobernadora general.

Con mi hija Valeria, la misma que festejaba con Sigrid y Derek los mangos oprimidos y chupados entre los azules inacreditables de la playa de Pigeon Point, llegamos a Castries a tiempo para asistir a una ceremonia de “celebración” del espíritu creativo de uno de los artífices más exigentes del rigor poético, artístico y teatral del mundo, en lengua inglesa. Anoche, la dimensión vital del Caribe mismo se desplegó en un acto de dos horas por el que desfilaron voces de una pertinencia inusitada, que hablaron de Walcott con amor y respeto, veneración, en una palabra, por el Migliore Fabro. Me explico: los invitados extranjeros percibimos sobre todo esa esencia luminosa de estos mares fundacionales reflejada en el carácter jubiloso, aun para expresar el duelo, de un pueblo cuya mezcla de tradicionales pueblos migrantes del orbe se conjuga en figura y pensamiento creativo. De ello Walcott hizo parte de su material de trabajo elevado a dimensiones superiores en las letras que solo alcanzan espíritus de la talla de Saint-John Perse, Aimé Césaire, Alejo Carpentier y su amado Pizarro.

Es un signo que inspira y reconcilia con valores universales perdidos, saber que un país independizado hace 38 años y que fue siete veces de la Gran Bretaña y en siete ocasiones arrebatado por Francia (y al final repartido entre las dos potencias a favor de Inglaterra), ha fundado y ahora fortalece popularmente su identidad multicultural en la potencia intelectual de un hombre que anoche también recibió el homenaje de las artes populares, representadas por músicos y bailarines arraigados en las tradiciones más antiguas de la isla, si bien de humildad extrema, también de floreciente expresión vigorosa que hizo vibrar a un auditorio conmovido hasta las lágrimas.

Festeja tu vida

La jornada de ayer se considera histórica en Santa Lucía y en todo el Caribe Oriental. Se ha despedido con triste pero orgulloso sentimiento ciudadano y los honores más altos del Estado a ese hombre de letras que concibió extraordinarias obras de teatro, exploró con verdadera fortuna la pintura —sobre todo en el arte tan complejo de la acuarela— y creó un cuerpo poético como solo lo han hecho los inspirados por impulsos clásicos, como Ezra Pound.

Walcott continua y enriquece con talento multiplicador esa suerte de codificación poética del influjo de la aventura de los descubrimientos y
la llegada de hombres de las lenguas más extrañas, que se confrontan con la belleza desgarradora del paisaje, colores de intensidad inusitada, volcanes prodigiosos que han destruido villas enteras, como la Soufriere, bajo los Pitones —esos cuernos que parecen surgir monumentales de una nada oceánica— y, en pocas palabras, encierra en versos, prosas escenificadas e imágenes plasmadas en telas y papeles el mensaje estético de una civilización contemporánea única, sin dejar de confrontar miserias y corrupciones, colonizaciones de alma y de cuerpo. En el acto cultural sobresalió el performance de un célebre actor santaluciano que, bajo una batuta gritada a la manera de una subasta, denunciaba la “venta” de la isla a precios de ganga a los piratas financieros, lo que incluye los sitios que cuentan con denominación de legado de la humanidad.

Anoche, en ese despliegue de participaciones de alto calibre emocional en el testimonio que brindaban de la vida cotidiana de Walcott y de su obra, volvió a escucharse uno de sus poemas emblemáticos, “Love, after love”, que traduzco “traicionando” su honda dimensión literaria:


Arribará el momento cuando con júbilo

celebrarás tu llegada

a tu puerta, y a tu imagen en el espejo

y cada uno sonreirá al otro

dándose la bienvenida.

Y dirás, siéntate allí, come,

volverás a amar otra vez

al extraño que has sido.

Dale vino. Dale pan.

Devuelve tu corazón a ti mismo,

al extraño a quien has amado

durante toda tu vida,

a quien has ignorado por otro

al que conoces a la perfección.

Coge y tira las cartas de amor del librero.

Las fotos, las notas de desesperación.

Remueve tu imagen del espejo.

Siéntate. Festeja tu vida.

*Ha sido embajador de México y en los Países del Caribe Oriental.




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