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Martes , 25.09.2018 / 18:45 Hoy

Columna de Edmundo Font

Derek Walcott y los mangos marinos

Edmundo Font

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Ayer se fue uno de los colosos de la literatura universal de nuestros días: Derek Walcott, el escritor más deslumbrante en lengua inglesa, y uno de los intelectuales vigorosos y lúcidos no solo del Caribe sino de América Latina por su impulso fundacional, a la manera de Neruda o de Paz —aunque haya nacido lejos de las riberas del continente, en la prodigiosa isla de Santa Lucía, collar reluciente de las Antillas menores—. Con su gran amigo Carlos Fuentes hablaron, durante uno de los frenéticos viernes por la noche de Gros Islet, de ese Mare Nostrum que compartimos, donde se erigieron los sueños de nuevos mundos, nuestro mar Mediterráneo en el Atlántico.

La entrega poética de Walcott, como el gran y auténtico genio del lenguaje —y de la imagen— que ha sido, poseía y afinaba un diapasón muy amplío: iba de la dramaturgia al poema homérico (nunca mejor dicho con su Omeros), y de la exigente dirección escénica a las artes plásticas, decantadas en acuarelas que también le incluyen en anales de la pintura más sobresaliente, en la misma región que compartía con su admirado Camille Pissarro, nacido en la vecina Saint Thomas.

Una noche de 2013, en Rodney Bay, cenando con nuestras esposas en un restaurante chino a cuya comida era muy aficionado, le conté que me había propuesto celebrar la mexicana fiesta de los muertos con el montaje, en atril, de algunas escenas del Don Juan Tenorio, pero que amigos comunes me habían advertido que él había escrito una pieza encargada por un teatro londinense basada en la monumental obra de Tirso de Molina, y le pedía autorización para trocar a José de Zorrilla por el texto de su autoría. Con ese carácter suyo, mezcla de sabores dulces y salados y la voz de barítono enfadado que gustaba desplegar con sorna y ternura, Derek advirtió: “Solo si monto y dirijo yo, así que vamos a ver ahora mismo el escenario que propones”. Este fue el ingreso del formidable edificio histórico que ocupa la Embajada de México en Castries, uno de los emblemáticos y últimos edificios coloniales de Santa Lucía, con largos corredores y arcos espléndidos que se convirtieron en una escenografía inigualable para un estreno al que asistió la Gobernadora General de la Isla.

Lo que partió como una idea de sobremesa terminó en una producción teatral que ha dejado huella en la Isla. En otro espacio tendré que contar la experiencia de haber tenido el privilegio de asistir al trabajo de dirección de un Walcott que exigía una entrega similar a la que se demandaba él mismo, y la veneración con la que sus actores se entregaban a la creación de momentos altos de la puesta de escena de un autor célebre y legendario. La obra, titulada The Joker of Seville, contaba además con la música de Galt MacDermot, el histórico compositor canadiense de Hair.

Una de las fortunas que prevalecen en la vida diplomática ha sido siempre el privilegio de conocer y tratar a personajes fundamentales de la vida política, socioeconómica y cultural de los países donde se representa al país de uno; en mi larga carrera de casi 44 años en activo, debo subrayar esa suerte de don que he recibido, al contar con la amistad de un hombre de la estatura de Derek Walcott. No fue una relación de circunstancia de trabajo sino que trascendió a lazos familiares extensos.

A los pocos minutos del despliegue de coincidencias que dejaron huella de nuestro primer encuentro, ya estábamos siendo invitados a compartir una mañana de playa sui géneris, en el sentido de que Sigrid Nama —su mujer— y él solían pasar todos los domingos en una cala bajo los tendederos de dos humildes familias, una que vendía cocos y la otra pescado frito. Al aceptar la primera cita Sigrid me tomó del brazo y dijo: “Por favor, no vaya usted a llegar con el conductor oficial, a Derek le incomoda mucho”.

Cuento esto para dejar constancia de una de las imágenes que retratan bien a ese premio Nobel de Literatura que algunos calificaban de díscolo
y que se prodigaba con generosidad con la gente más humilde de su isla, tomando, eso sí, distancia de los poderosos sin mayores aspavientos, pues allí, en esa playa con la reminiscencia clásica de su Omeros, el sabio y enérgico poeta y mis hijas celebraban el ritual dominical de meterse entre las olas con un mango al mar para absorber el jugo de la fruta más provocadora del mundo: el mango de los Adanes fundacionales del Caribe.

Cuando recibí la triste noticia de que había sido trasladado oficialmente y tenía que arrancarme las raíces de nueva cuenta (he servido en más de ocho países de cuatro continentes), me costó mucho trabajo comunicarle a Derek el fin de mi misión. Reaccionó como un padre agraviado: “A mi edad no ando haciendo amigos para perderlos”.

Hoy perdí más que un amigo y a un hombre de letras al que seguiré admirando de manera inconmensurable.

*Ha sido embajador de México en Colombia e India.

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