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Recomendación del experto

Corriendo con los grandes

Editoriales

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Cuando niños, todos echamos unas carreritas de aquí a la puerta. Jugamos a eso con los padres, los hermanos, los primos, los vecinos, los compañeros de escuela o los desconocidos.

Entre iguales, el juego se iba convirtiendo en una verdadera competencia por empatar o superar a los contrincantes, parecía como si se encendiera una luz interior cada vez que constatabas la supremacía de tu propio rendimiento, y como que otra luz se apagaba cuando, por más que pusieras el máximo empeño, quedabas relegado al segundo o al último lugar.

Sin embargo, correr con los mayores perdía sentido porque siempre ganaban o fingían poca capacidad para dejarte ganar. Entonces, se perdía por completo esa sensación de satisfacción por haberlo dado todo con la fuerza del cuerpo y la agitación exacerbada de la respiración que implica la competencia entre iguales.

Al crecer, uno pasa idealmente de la competencia a la pasión por correr cuando se comprende que así es la vida: “No se trata de superar a los otros, sino de superarte a ti mismo”, en silencio tú como tu propio testigo, tú, tu propia medida y los demás referentes de tus logros.

Pero no nos quedamos conformes con esto, como que una tóxica sustancia recorre el cuerpo cuando un corredor más veloz pasa a un costado.

Es como si se activara nuevamente el reto de competir y sin saberlo, nos recuerda con su agilidad que somos capaces de ir aumentando el propio rendimiento y no dejarnos vencer. Es que hasta en la envidia hay niveles y no es lo mismo envidiarlos y desear que ojalá dejen de correr tan rápido, que utilizar su ejemplo como inspiración.

Imitamos para aprender y nuestras células espejo están ansiosas por copiar y reproducir las conductas ajenas que nos impactan y nos pueden llevar a una transformación.

En la pista, como adultos, ya no es relevante la edad, aquellos que corren más rápido o mejor, se vuelven los modelos ideales de lo que podríamos, aunque sea en la imaginación, lograr ser y mientras más cerca los tenemos, más copiamos sus habilidades y destrezas.

Correr con los grandes un par de kilómetros, de vez en vez, es una magnífica oportunidad para elevar la propia resistencia, hacer a un lado los propios límites y como niños, volvernos a parar en los hombros de gigantes, compartiendo un trote amistoso con los que “sí saben”, los que llegan más lejos, más rápido, y nosotros con ellos.

PSIC. CECILIA ANDREU MERELES

cecilia_andreu@hotmail.com

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