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Intimidades colectivas

El ocaso de las preguntas

Edgar Salinas Uribe

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Imaginemos un mundo sin preguntas. No me refiero a aquellas de orden informativo del tipo “¿qué horas son, mi corazón?”, ¿a qué hora es la película? O ¿cuándo es el siguiente juego de futbol?

Tampoco aludo a aquellas otras que dinamizan engranajes rutinarios para seguir funcionando: ¿cuánta energía será necesaria para atender la demanda de una megalópolis?, ¿cómo la trasladaremos y distribuiremos desde el lugar de generación hasta los hogares y las unidades de producción?, ¿cuál precio será el adecuado para mantener la producción, distribución y eficiencia del proceso?

Es obvio que el signo de interrogación es inherente a la vida cotidiana de las personas. Las preguntas mueven.

Pero imaginemos un mundo sin preguntas. Ahora escribo de esas preguntas cuya respuesta orienta un paradigma o la paz profunda sobre la cual se afianzaría la identidad de una persona.

Un mundo sin esas preguntas sería un mundo imbécil, gris. Uno cuyo sonido sería la monótona cantaleta de la rutina, los engranes mecanizados de los clics de las masas. Seguramente sería un mundo cínico, también. Uno autoreferenciado, sin mayor utopía que el discurso más estridente.

Por doquier podemos entrever la ausencia de preguntas y la multiplicación de afirmaciones producto de una euforia efímera y carente de sentido. Pareciera que el mundo está hecho de una vez por todas y la intriga radica en convencer a cada vez más personas de que este arroz ya se coció: no pregunte más.

Habría que volver a ejercitarnos en la pregunta. Saber hacer las correctas, las que calan en el tiempo y en la cultura; las que pueden lanzar a una persona hacia nuevos caminos; las que empujan a sociedades enteras a salir de lo conocido.

No es sencillo. No cuando a cada frase encerrada en signos de interrogación se le tiene una o varias respuestas y se pone diques a aquellas que impulsan a mares desconocidos.

Espero que solo sea un rato de cansancio social y no el ocaso de las preguntas.


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