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Martes , 18.09.2018 / 20:56 Hoy

Crónica de Torreón

Cultura alimentaria

Dr. Sergio Antonio Corona Páez

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Una de las características distintivas del proceso de poblamiento relativamente reciente (finales del siglo XIX y principios del XX) de las ciudades de la zona metropolitana, particularmente de la ciudad de Torreón, ha sido su pluralidad étnica que se tradujo en un cosmopolitismo aún presente en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana.

Quizá de manera particular, en la alimentación. Al ir de compras, lo hacemos en establecimientos cuyos orígenes están ligados al esfuerzo de inmigrantes primigenios cuyos descendientes conocemos, tratamos y apreciamos. Mexicanos, españoles, chinos, franceses, palestinos, libaneses, alemanes —la lista de nacionalidades y etnias sería larga y variada—, todos ellos crearon comercio, trabajo, fuentes de riqueza para nuestra sociedad y, sobre todo, un estilo de vida particularmente perceptible para los fuereños que residen algún tiempo entre nosotros.

Cuando consumimos dulces de leche o vinos y destilados de uva regionales, jocoque fresco o seco, paella, pan árabe, fabada, hojas de parra, comida china cantonesa, tan apreciada en la Región, o postres como los dedos de novia, pocas veces somos conscientes de la naturalidad con que hemos incorporado a nuestra dieta diaria alimentos de tan variado origen y presencia. Pero no siempre fue así. Los habitantes del País de La laguna contaban con otra clase de dieta cotidiana.

¿Qué productos comestibles se podían conseguir hacia 1780 en una tienda de abarrotes comarcana? Los inventarios de la época nos lo muestran: harina de trigo, arroz, azúcar, manteca de puerco (para freír, para incorporar al pan o para servir de combustible barato para lámparas), camarón seco, cacao de Caracas y de Maracay (Venezuela), pimienta, azafrán, frijol, anís, chile.

Algunas de estas provisiones llegaban de Venezuela o de España, otras procedían de Veracruz, de Puebla o de Michoacán a través del Camino Real de la Tierra Adentro, que vadeaba el Nazas en el Presidio del Pasaje y Cinco Señores (ambos en La Laguna de Durango).

Los diezmos que se pagaban al obispado de Durango nos permiten conocer la producción alimentaria del País de La laguna: vinos y aguardientes de uva, trigo, maíz, frijol, chile, cebada, higo, nuez, manzana, ajo, lenteja y garbanzo.

Se consumía carne de ganado menor, principalmente, de carnero, muy abundante por los rebaños de los marqueses de Aguayo y los condes de San Pedro del Álamo.

La carne de ave o de bovinos era relativamente poco consumida. Entre las manufacturas alimenticias de la época, además de los vinos y aguardientes, se encontraban ciertos dulces, como la llamada “torta higo” que era una especie de pastel confeccionado en molde y sometido a presión y cuyos ingredientes eran higos, nueces, pasas, canela, ajonjolí y colación.

Esta misma “torta higo” tenía otro uso, además del consumo como golosina: se ponía a macerar en aguardiente de uva, para producir un licor típico regional muy apreciado, el “aguardiente torta higo”.

Es decir, un orujo de higo, nuez, pasas y canela. Las frutas producidas en la región se deshidrataban en armazones de “quiote” para producir los famosos “orejones”. Los tocinos y jamones los introducían en la Comarca desde la Nueva Galicia (Jalisco, Michoacán). Es de llamar la atención que, al parecer, en La Laguna no se criaban cerdos.


www.cronicadetorreon.blogspot.com

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