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Lunes , 22.10.2018 / 11:42 Hoy

Sin rodeos

"En tierra de ciegos, el tuerto…"

Diego Fernández de Cevallos

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En días recientes, Héctor Aguilar Camín ha comentado en estas páginas sus coincidencias y discrepancias con José Woldenberg sobre nuestra pluralidad social. Comparten una preocupación central respecto a la democracia mexicana: su horizonte no es de fortalecimiento, sino de fragmentación.

Esas pocas palabras revisten la mayor relevancia si se quiere conformar gobiernos legítimos y garantizar su funcionalidad.

Convergen, los dos estudiosos y analistas de gran prestigio, al considerar la segunda vuelta electoral como un alivio o corrección ante los efectos de la fragmentación.

Los pocos conocedores de los sistemas electorales deben saber que donde existe la segunda vuelta, si en los primeros comicios ningún candidato obtiene más de 50% de la votación total, se lleva a cabo una nueva elección entre el primero y segundo lugar para decidir al ganador, que naturalmente alcanzará la mayoría calificada. Se evita así que lleguen a cargos públicos candidatos con poca votación y discutible legitimidad.

Me cuento entre los promotores de esa propuesta. Evita que, de los cuatro, seis o más candidatos para la Presidencia de la República o algún gobierno estatal, alguien gane con una aprobación exigua y teniendo frente a sí un importante número de electores (tal vez mayoría) que jamás le habrían dado su confianza y apoyo.

Posiblemente Francia sea el país con este sistema más avanzado, pues abarca los cargos ejecutivos y legislativos. También ha funcionado para los ejecutivos en países del Cono Sur, como Argentina, Chile, Brasil, Perú y Colombia, no sin los sobresaltos producidos por presidentes como Fujimori en Perú, que disolvió el Congreso; o el Congreso de Ecuador, que echó al presidente Abdalá Bucaram declarándolo loco.

Sin embargo, si se optara en México por ese cambio de sistema electoral para evitar las distorsiones que ya se avecinan por la competencia entre múltiples candidatos, incluidos los independientes, debe tomarse en cuenta la observación que hace Jorge Alcocer Villanueva, también estudioso y analista político del más alto nivel, conocedor de las leyes electorales de muchos países: el sistema electoral mexicano fue diseñado para operar sobre la base de mayorías simples, y los procedimientos jurisdiccionales de impugnación de campañas y sus resultados son lentos y complicados, lo cual retrasaría la celebración de las segundas vueltas —que se recomiendan en un lapso no mayor de un mes—, pues sucesos imponderables pueden producir distorsiones mayores que las que se busca evitar.

Con la responsabilidad que la materia exige, vale la pena analizar si, con las adecuaciones pertinentes, puede servir la segunda vuelta al desarrollo de la democracia mexicana para evitar que cada vez con menos votos lleguen a los cargos públicos políticos repudiados por la mayoría, que seguramente enfrentarán a Congresos divididos, tratando de anularse recíprocamente. En un país democrático deben gobernar los más votados y menos rechazados.

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