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Martes , 23.10.2018 / 20:51 Hoy

Sin titubeos

El caos docente

Diana Mancilla

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Primero fueron profesores de preescolar, primaria y secundaria, y luego de educación media superior. Alrededor de 60 y 67 por ciento, respectivamente, no aprobaron exámenes y no están capacitados para estar al frente de las aulas. En el caso de aspirantes a dirigir escuelas de educación media superior, otro 72 por ciento tampoco superó la prueba.

El diagnóstico es crudo y con esto no se puede esperar que tengamos alumnos sobresalientes. Aunque hay un número significativo de casos relevantes, verdaderos "diamantes" que han colocado a México en la palestra internacional en química, física y matemáticas.

Los resultados, nada halagüeños, permiten ver que hay un gran camino que recorrer, desde preescolar hasta preparatoria, incluidas escuelas técnicas, en términos de capacitación docente. Malos maestros no pueden dar otra cosa que malos alumnos.

Esto es lo que debe tener en cuenta la autoridad si quiere que las recientes reformas educativas logren sus objetivos. Los profesores son el medio por el que se puede fracasar o tener éxito en la educación y en las modificaciones emprendidas.

La primera necesidad de la reforma consiste en revisar el modelo de enseñanza para la formación de profesores, hacer los ajustes requeridos y establecer programas de capacitación permanente. Esto debe ser fundamental.

Es de suponer que el presupuesto de próximos ejercicios fiscales contendrá una partida amplia para que los maestros reciban la preparación que les permita desempeñarse en forma óptima.

Lo anterior quiere decir que se debe ir más allá de "tallercitos" y "cursitos patrulla" propios de academias "patito", diseñados nada más para salir del paso y cumplir con el expediente. Es tiempo de darle a la capacitación docente un formato que rebase las reuniones con "sabelotodos" al frente o improvisados comisionistas que, al final, terminan no siendo más que eventos para la fotografía o para incrementar el currículum, tan inútil como la presunta capacitación.

Del caos, finalmente, tiene que resultar algo mejor de lo que se ha tenido hasta ahora.

Y esa tiene que ser la visión del gobierno en el caso de los profesores, cuya grave misión se ha quedado en los escalones de la burocracia y la "comisionitis" con claros propósitos electoreros, sindicales y políticos, que bloquean a ciudadanos con vocación docente, los cuales también tendrían que ponerse exigentes, demandar mejores esquemas para tener un desempeño de mayor calidad y con ello salvar su ámbito.

Un rubro de tal importancia no debe ser tema de segundo plano en la agenda pública. Es un asunto prioritario, pues no debe olvidarse que además de ser el conductor para acceder al conocimiento, el docente en algunos casos significa también un promotor de valores, formador de seres humanos involuntario ante el cada vez más acendrado fenómeno de las familias disfuncionales.

Su función debe rebasar las fronteras rígidas de la sola transmisión de conocimientos a un grupo de 40 o 50 alumnos, como si se tratara de un encuadernador de enciclopedias. Los tiempos así lo exigen.

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