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Correr para crecer

Vivir para contarlo

David E. León Romero

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    “Una vez que te superen mentalmente,
es mejor que ni siquiera vayas a la línea de salida”

Todd Williams, corredor estadounidense


Años atrás acostumbraba a correr casi diariamente de madrugada en un pequeño parque. La superficie no era demasiado larga, pero para cubrir unos pocos kilómetros era suficiente. En uno de sus costados, había una pequeña caseta ocupada por una especie de policía y a la vez paramédico que lucía siempre aburrido.

El horario de mi rutina me permitía correr prácticamente en soledad y reconocer a los corredores frecuentes.

Alguna madrugada, apareció un deportista que aparentaba una edad aproximada de 50 años, y su facha me hacía pensar que era nuevo en eso de correr. Tenía un bigote espeso color negro. Comencé a verlo con frecuencia entre las sombras que producía la escasa luz de las primeras horas del amanecer.

Corría a un ritmo un poco más lento que el mío, lo que obligatoriamente, tarde o temprano, me permitía rebasarlo. Una de esas mañanas, todo transcurría en calma y normalidad, cuando de pronto vi a un corredor desplomarse. Salí del sendero y crucé el interior del parque hasta donde estaba. Lo encontré boca abajo, con un costado del rostro apoyado en el cemento y el bigote ensangrentado. Era él, parecía asfixiarse, su gesto expresaba enorme tensión y sus párpados exageradamente abiertos permitían ver en sus ojos muchas pequeñas venas color rojo intenso.

Grité lo más fuerte que pude pidiendo el auxilio de alguno de los escasos corredores que pasaban por ahí. Mi llamado fue escuchado por aquel policía que llegó casi puntal con un pequeño maletín en la mano. A la vez, otro corredor llamaba a una ambulancia.

La ambulancia llegó y el corredor fue trasladado al hospital más cercano. Por meses corrí en aquel parque preguntándome qué habría sido de él y nunca tuve el valor de acercarme a la caseta para conocer el desenlace de lo sucedido.

Tiempo después una madrugada mientras corría, a lo lejos pude ver a un hombre que parecía aprender a caminar apoyado en el brazo de una enfermera. Los rebasé y al ver sus rostros encontré aquel inconfundible bigote negro espeso. Afortunadamente salvó la vida y comenzaba de nuevo.

Abastecimiento: Si en estas vacaciones y tienes tiempo de leer, te sugiero adquirir el libro Run Strong Stay Hungry, escrito por Jonathan Beverly.

Twitter@DavidLeonRomero

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