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Martes , 11.12.2018 / 15:41 Hoy

En la tormenta

Carta del Mictlán, el Omeyocan y el Tlatocan

David Herrerías Guerra

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Terminado el día de difuntos notamos con sorpresa que había un papel, como de fibra de maguey, en la ofrenda a nuestros muertos. Era una carta, que muy probablemente ustedes también hayan recibido, pues no tiene un destinatario particular. Pero para quienes no la recibieron, la transcribo, no para quitarme la responsabilidad de escribir el artículo para esta semana, sino porque me parece que es de interés general. Dice la carta:

“Queridos parientes:

Quienes suscribimos la presente, finados y residentes del Miktlan, el Omeyokan y el Tlalokan, solicitamos se consideren algunas previsiones con vistas a nuestra peregrinación al lugar de los vivos, el próximo año. No sabemos si lo que les pedimos les pueda resultar extraño, pero si tienen paciencia para avanzar en la lectura, verán que, comparada con nuestras desventuras, no es cara nuestra exigencia.

Hace mucho tiempo, cuando se acabaron nuestros días en el mundo de los vivos y fuimos depositados en el seno de nuestra madre Koatlikue, acompañaron amorosamente nuestro cuerpo con vasijas y comida, para que pudiéramos tener la fuerza necesaria para tan incierto y difícil camino. Depositaron también mantas y flechas, para entregar en ofrenda a los dioses y que nos hicieran propicio el viaje. Y la sorpresa más grande fue despertar y ver a nuestros itzkuintli, fieles canes que nos guiaron muy bien hacia nuestra casa final: junto a Miktlantekutli,los que morimos de muerte natural; junto a Tlalok, los que fallecimos ahogados; y en los brazos recios de Uitsilopochtli, los que caímos en la guerra, o las parturientas, que libraron también su propia batalla.

Todo eso los saben ustedes desde hace muchos años, queridos descendientes. Aún los que mezclan en sus venas nuestra sangre con la de los hombres barbados que habrían de venir de más allá de la morada de Tonatiu. Pero deben saber también que el regreso para visitarlos este año ha sido harto difícil. No porque lo hayan obstaculizado los servidores de Miktantekutli, que disponen las cosas en el inframundo; ni los muertos antiguos que pudieran sentir celos de nuestra visita, por no tener quien se acuerde de ellos. Se nos complicó la visita nada más que los tekatli que cubren nuestros pies hubieron tocado el territorio de los vivos. ¡Presten atención, oh queridos nuestros, a las palabras que dan cuenta de nuestra desventura!

En otros años –en razón de ser ánimas– pensábamos que no nos pasaría nada, pero ya habíamos tenido algunos encuentros desagradables con algunos muy vivos. Por eso íbamos ahora en caravana. ¡Traspasar las fronteras es peor que cruzar por el Teocoyocualloa, el lugar donde las fieras se alimentan de los corazones! Nuestro primer escollo fue la policía, que a veces nos dejaba pasar, otras nos lo impedía; a veces nos decían que nos quería ayudar, y otras nos regresaban, a la fuerza, al camino que habíamos recorrido. Eso causó desazón y dudas en nuestra caravana, y los que veníamos como un solo cuerpo, nos desperdigamos por los caminos y veredas de ésta que fue nuestra tierra.

El olor de las flores del otoño nos hace sentirnos vivos de nuevo: el kolkelxóchitl, la margarita amarilla; el tsompanxóchitl, flor de muertos; el chimalxóchitil, que gira siempre hacia el dios Tonatiu. Pero los caminos han sido tomados por otros vivos, los que llaman coyotes –que no tienen nada que ver con el noble y astuto animal que abundaba en Coyoacan– y por otros bichos que trafican con la amapoxóchitl, los que roban chiapopotl y malandros de todo tipo. Varios perdimos a nuestros amados itzkuintli que nos fueron hurtados para ser hechos birria en Xalixko. Un grupo de almas, que viajó por Tamajolipan, fueron vueltos a enterrar en tumbas colectivas; ahí perdieron el rumbo y no hayan el camino al Miktlán. Utsilopochtli, en una muestra de inusual bondad, accedió a prestarnos un grupo de guerreros que nos acompañó en la travesía a la región de los purépechas, una de nuestras vías preferidas, pero sucumbieron con sus arcos y flechas frente a los palos que producen truenos, llamados AK47, de un grupo de gente más feroz que los chichimemekaj que nuestros teyatluanis acostumbraban enfrentar al norte de Mexiko. Nuestros niños muertos, los mikkakokone, que beben del chichihualkauko, árbol que mana leche eternamente, se resisten ya a viajar, aún prometiéndoles una nana de acompañante, porque oyen las historias de niños separados de sus padres, puestos en jaulas como animales salvajes en la frontera de lo que fue hogar de los sioux y los pieles rojas. Docenas de nuestros compañeros no regresaron, y días después, Miktekasiuatl, nuestra diosa madre, empezó a recibir notas exigiendo oro por su rescate.

Nuestros mayores nos enseñaron a confiar en la autoridad y nos amonestaron por no haber solicitado con respeto el derecho de poner nuestro pie en la tierra de los vivos. Nos pidieron que, a la salida, nos presentáramos primero a los señores de la ley. Así lo hicimos, pero apenas al llegar frente a los oficiales de inmigración, nos confiscaron las ofrendas, aún siendo lo que llevábamos no más que el aroma del atole, del chocolate, del maíz y del aguardiente. Nada nos quedó para el camino de regreso.

Por todo lo anterior solicitamos, si no es mucho pedir, que en la ofrenda del día de muertos no se preocupen tanto por el papel picado, ni las flores de tsompalxóchitl; se agradecen los adornos y los alimentos, las fotos y los recuerdos. Pero si ahorrando en eso, se pudiera tramitar una visa de tránsito, nos sería más útil. Y si no es mucha molestia, y no arruina su economía, unas trampas pa´ coyotes, que pudiéramos sembrar en el camino al Mictlán, para poder pasar sin tanto animal que nos hace tan difícil la visita”.

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