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Domingo , 24.06.2018 / 16:18 Hoy

Sobre la mesa

Pensar la incertidumbre de la crisis

Daniel González Romero

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Detenerse a observar y analizar el proceso político que vive hoy España -en donde se repetirán elecciones- es un interesante ejercicio de estudio sobre la realidad de un presente-futuro que abarca al conjunto de la Unión Europea. Significa, por muchos lados, alerta sobre la poco debatida crisis que se cierne y amenaza a todos los países del orbe por sus ramificaciones en un mundo globalizado y de espacialidades urbanas concentradoras de conflictos. La visita del Presidente de los Estados Unidos a Alemania, su alerta sobre la posible salida de la zona euro de Inglaterra, entre muchos otros acontecimientos: guerras, terrorismo, precios del petróleo, migración, aumento de la pobreza, concentración de riqueza, contaminación ambiental planetaria, la endémica corrupción del sistema, etc., preocupa profundamente, pues proviene de su propia esencia y provoca que derecha fascista-izquierda des-actualizada, peligrosos sectores radicales, retomen un lugar en los entornos territoriales, donde se conforman y actúan cuerpos ideológicos e intereses económicos y políticos de toda gradación.

La polarización de las posturas, no solo en Europa, está volviendo a centrar y hacer confluir los conflictos -por más que quiera aislarles en fragmentos desarticulados-, para generar un ambiente social de incertidumbre. Sobre todo la preocupación de las elites del poder que confluye en estrechar las coordenadas de control social de los conflictos, contradicciones y manifestaciones de tal estado de cosas, sea por la vía institucional o por la encubierta. Frente a estos no puede ocultarse el surgimiento de procesos, políticas y opciones restrictivas de las libertades que supone un contexto democrático. La crisis, anunciada desde diversas plataformas institucionales e intelectuales, que afecta todo el modelo que resulto de la modernización de las estructuras funcionales y formas de vida acondicionadas a la acumulación –sobre todo en su fase neoliberal-, se manifiesta ya abruptamente sobre el territorio y las condiciones de vida de los habitantes de forma cotidiana y pone en vilo y duda el hacer de los grupos y cuerpos políticos y sus partidos; de la utilidad de la transnacionalización de las estructuras productivas y de consumo; del control oficial y de la supuesta fe en la creación de oportunidades. Basta ver con cuidado, si se quiere, lo que pasa por esas lejanas tierras y otras cercanas, como las propias, respecto a la desigualdad espacial urbana y de calidad de vida de la mayoría.

La reacción de las comunidades en España, valga el ejemplo, no se aleja mucho de lo que se almacena en nuestros parajes. La diferencia es obvia, aún tomada en cuenta la diferencia en el desarrollo político y educativo del conjunto de los habitantes, por lo que dimensionar la incertidumbre que se encuentra en la crisis, es un tratamiento que debiera hacernos entrar en debate, no obstante la resistencia para modificar la forma de pensar y hacer que prevalece en nuestras instituciones. Muchas preguntas se esconden en la persistente gama de reproducir, matizadas, las mismas formulas y procedimientos, planes y programas. Por lo menos habría que intentar otras vías.

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