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Miércoles , 16.01.2019 / 14:32 Hoy

Hacha y machete

Todos debemos ser la Britney pelona

Cruz Amador

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Hace 20 años yo tenía 10 años, empezaba mis viene y va de la adolescencia; y entre los cambios de canal de la televisión, apareció una joven rubia vestida de colegiala y con una canción pegajosa —no digo que buena— que marcaría una generación y que reinventaría el pop, un género que parecía muerto desde finales de los 80 y principios de los 90.

...Baby One More Time de Britney Spears junto con otros éxitos del pop eran el pan de cada día en el Mtv de ese tiempo —cuando aún algunas series de nivel y algunos retazos de buena música se podían ver y escuchar en el canal—, muchos crecimos consumiendo esas canciones que, nos guste o no, llevaron la batuta musical del momento.

Luego la carrera de Spears fue una vorágine, siguió recolectando triunfos, con su rostro angelical y una voz que parecía a punto de quebrarse, las presentaciones —no uso conciertos por respeto al término—, las entrevistas, los noviazgos y las noticias de la estrella pop eran comunes. Luego maduró y nadie la quiso más.

El problema con una estrella como Britney —que acaba anunciar un descanso de su carrera musical, la cual yo pensaba que estaba en descanso desde el 2009— es que no pudo ser siempre la tierna niña vestida como colegiala que nos incitaba al pecado; no fueron las drogas ni el alcohol ni mucho menos el Triángulo de las Bermudas —Paris, Brintey, Lohan—, el problema fue que la joven corruptible se acabó y se formó un caos, el statu quo se modificó y nadie pudimos ver al monstruo crecido en el que se convirtió. Otro de sus errores fue, tal vez, no ser una rockstar.

La presión hizo que la pobre mujer se volviera loca, se rapara y fuera una burla de la cual nunca pudo recuperarse, lo movió todo y la princesa del pop perdió toda la herencia.

Altera el orden establecido y todo se volverá un caos, le dice el Joker a Harvey Two-Face; salvo que el caos solo fue para Britney.

No podemos negar que el pop y el mundo del consumismo del que emana el género es eso, un orden establecido que solo acepta un tropezón para mantener la regla; pero basta un pequeño empujón para que todo se transforme y la crisis comience, que todo se vuelva una locura.

Podemos aplaudir todo, menos que nos cambien lo que tenemos, a lo que nos aferramos para poder ir al trabajo, comer, cagar, caminar y ver películas que nos reafirmen los que tenemos y la necesidad de seguir por el camino.

¿Qué nos importa que maten, que desaparezcan o que tal o cual sea mandatario en un país?, nada de eso vale demasiado mientras nuestro suelo no lo muevan, mientras los cimientos —aunque flojos y roídos— sigan ahí, mientras los privilegios no desaparezcan; no importa que no se tenga vida privada mientras la carita angelical y corruptible no desaparezca.

Ese disco pop es una de las caras de una era del consumismo, de la creación de una ideología que todos queríamos alcanzar y nos esforzamos en seguir, una vida de ensueño donde lo más preocupante es qué voy a comprar y si el o la pretendiente me hace caso o no, y al fallar simplemente decir Oops! I Did It Again.

Todos deberíamos aplicar un poquito de esa locura que llevó a Britney a raparse, desarticular un poco el sistema bajo el que vivimos y que con el mínimo cambio nos puede llevar a una crisis sin sentido, a un vagar buscando y formándonos por algo que creemos perdido.

La Britney pelona fue la mejor Britney, golpeando autos y su rostro de asesino demencial, desfigurada y lejos de la cara tierna del producto violable que presentaron en aquel 1998, saliéndose del empaque, fuera de lo comestible y de la razón. Todos deberíamos ser, por lo menos una vez, la Britney pelona.


cruz.amador@milenio.com





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