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Hacha y machete

Exceso de velocidad

Cruz Amador

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Ayer viajé en transporte público, en una oruga —para quien no conozca, es una especie de camión articulado al que le caben muchos leoneses y huele a madres—, una experiencia horrible, como cada que la he utilizado. Un lugar caótico donde los robos, los arrimones y agarrones son el único menú, donde dos cuerpos —o tres o cuatro— sí ocupan un mismo espacio. Pero es lo que hay.

Pero no crean, señoras y señores, que me voy a dedicar a hablar de este sistema de transporte que poco a poco crece en la ciudad, sin embargo, sí me parece importante hablar de los camiones, de uno, de la Alimentadora R-84 que el pasado 29 de diciembre se volcó en la Barranca de Venaderos, casi en La Joya, y dejó 11 muertos.

Hay muchas cosas que rascarle al accidente, la primera es la fabulosa declaración de Héctor López Santillana respecto al porqué, algo que, sin duda, todos esperábamos: «Exceso de velocidad», dijo y cerró el caso. Según reportes de las autoridades, la unidad era del 2015 y recién había pasado las pruebas, se encontraba en perfectas condiciones; ciudadanos, y sobre todo la familia del chofer, pusieron el grito en el cielo, argumentando que la unidad era vieja y que le fallaron los frenos.

Sí, los choferes de los autobuses manejan mal, son unos cafres y varios han provocado más de un accidente en la ciudad, parece que en lugar de personas llevan ganado y no respetan los límites de velocidad ni los reglamentos de tránsito.

Pero el problema va más allá de los conductores, el culpable del accidente en Barranca de Venaderos es el Municipio y la empresa que se encarga del transporte público en León; todo el sistema en la ciudad vale para una chingada, no sirve.

Primero, la falta de horarios establecidos para el paso de las rutas y las orugas no permiten que los ciudadanos planeen sus viajes, vas a la buena de dios para ver si te toca la suerte de que pase pronto el camión; segundo, y de la mano con la anterior, el número de personas que meten en las unidades —en el accidente de Venaderos, 69 personas iban dentro de un camión que está capacitado para 42, con velocidad y en una pendiente tan prolongada, frenar era imposible—. Ni los conductores dejan de subir ni los pasajeros dejamos de entrar, lo que es comprensible, ya que no sabes cuándo pasará el siguiente.

Tercero, los intensos turnos de los conductores, entran a las 5:30 de la mañana y algunos salen a las 00:00, sin descanso. Con esa jornada, cualquiera se vuelve loco, quiere terminar lo más pronto posible y mandar a todo al diablo. Imaginen, señoras y señores, aguantar a tanto individuo, recorriendo la ciudad con calor, el tránsito pesado y otros tantos menesteres, es para volarse la tapa de los sesos.

Diga lo que diga el Alcalde, la culpa es de su administración, ellos son los principales culpables y a quien se tendría que estar investigando, ¿por qué no hay un sistema que garantice la seguridad de los usuarios y choferes?, ¿qué atención le dan a los conductores para manejar el estrés y la presión de jornadas laborales tan intensas? El transporte público es un suplicio, pero porque nadie se interesa por mejorarlo, las orugas llegaron para «modernizarlo», pero se llenan igual, los robos están al por mayor y el acoso sexual ni se diga. Nos falta educación vial y no se enseña en las escuelas —y en las casas menos—, el municipio tiene la culpa, sí, pero no me refiero solo al gobierno, también a los ciudadanos.

cruz.amador@milenio.com



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