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Viernes , 22.06.2018 / 22:35 Hoy

Perfil de mujeres

Sofía Kovalevski

Coral Aguirre

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Y de pronto leyendo La ciencia en Stanislavski. Una relectura desde sus influencias científicas, de Mario Cantú Toscano, me encuentro con Sofía Kovalevski o Kovalevskaia (1850-1891). Sofía, que también puede ser Sonja o Sonya, quien al igual que la mayoría de las creadoras rusas proviene de la nobleza. Sin embargo, una nobleza alternativa, de ascendencia gitana por parte de madre. La educación que recibe es privilegiada a causa de esas razones: es libre por carácter y ahora por formación para advertir desde pequeña cuáles son sus inclinaciones.

Los números y las letras se mezclarán en su organismo al punto de autoarmarse con la certeza de profundizar la realidad a través de ellos, y darle sentido al arte de vivir que es finalmente la búsqueda de conocimiento.

Veamos quién fue. Según sus estudiosos, matemática de gran talento, cuyo nombre aparece en los libros de texto, actuales, y en el teorema de Cauchy-Kovalevskaya de las ecuaciones diferenciales, habiendo hecho asimismo notables contribuciones a la mecánica y la física, especialmente a la teoría de la propagación de la luz en sólidos cristalinos.

Considerada nihilista, escuela filosófica de su tiempo, por atea, por renegar de la sociedad rusa tradicional, vale decir también de la sociedad patriarcal, por reivindicar la igualdad de sexos, el amor libre, el ejercicio comunitario y democrático y rechazar la esclavitud. Y sin duda positivista porque veía en la ciencia la fuerza liberadora que ayudaría a construir una nueva sociedad. Al tiempo que precisamente por ello luchó siempre contra la ignorancia, las supersticiones, y lo cual no es menor los privilegios de casta, religión y economía.

Toda su vida es excepcional.

La primera matemática rusa y la primera mujer maestra universitaria en Europa. Sus logros son el resultado de una obstinación y al mismo tiempo, se me ocurre, de una plenitud de vida, excepcionales. Un ejemplo de ello: muy jovencita se enfrenta a su padre cuando apasionada por el álgebra se distrae de las otras materias y él la castiga porque odia las mujeres sabias y la quiere niña de su casa. Ella no se arredra, decide estudiar a escondidas.

Observando en su habitación el techo empapelado con cálculos y ecuaciones se asombra, no entiende nada: entonces decide abrir las matemáticas como si se tratara de un gran libro universal.

Además, como ya escribe poesía que es una forma de la música, a la manera de Pitágoras pero guiada por su sola intuición, mezclará en su vida ambos actos poéticos, según su libre entender.

Ya adulta realiza un casamiento de conveniencia. La justificación: no quiere distraerse con amores. Lo cierto, lo hace para salir de la autoridad paterna y poder realizar viajes que la lleven lejos de Rusia. De modo que a los 18 años se casa con Vladimir Kovalevski y logra así realizar un intenso itinerario de carácter intelectual que la pone en el centro del universo científico y cultural de la época. Finalmente engendra una niña a la que dedicará un año completo de su vida mientras escribe ensayos, teatro y relatos para distraerse. Años después este primer marido se suicida y conoce el amor con Maxim Kovalevski lejano pariente del primero.

A los 23 años luego de muchos rechazos y muchas luchas por hacerse oír, obtiene su doctorado en matemáticas summa cum laude, el primero que se concedía a una mujer en la historia de las ciencias. A partir de este momento recorre una curiosa vida de triunfos que se suceden uno tras otro con premios y distinciones otorgados por las academias de ciencias más prestigiosas de Europa, a causa de la excelencia de sus investigaciones. Mientras que admirada por los intelectuales de mayor renombre, se vuelve amiga de Spencer y Darwin, Ibsen y Poincaré, Huxley y George Elliot, entre muchos más.

"Demasiada felicidad", dicen que fueron sus últimas palabras en su lecho de muerte. Sólo cuatro décadas que la llenaron de pasión, hallazgos y reconocimientos, cuatro décadas apenas para cumplir con un destino femenino que se me antoja uno de los más gozosos. Sofía Kovalevski rompe así con la tradición tormentosa de la creación femenina


coral.aguirre@gmail.com

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