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Miércoles , 26.09.2018 / 04:38 Hoy

Perfil de mujeres

Julieta

Coral Aguirre

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Los que nacen pobres, los que nacen muy pobres, tienen marcado el destino. Apenas podrán vegetar, marcados desde la cuna por la desnutrición que merma la salud física, la voluntad y la capacidad de aprendizaje. Desde ahí empieza un círculo vicioso infernal. Todos somos culpables de que eso pueda seguir ocurriendo.

Julieta Campos


A veces me ocurre ponderar tanto las mujeres del pasado lejano, hallarlas, investigarlas, presentarlas al mundo y renovar sus perfiles y fábulas que olvido el presente, quiero decir, las mujeres que han partido en este siglo, que se han ido casi sigilosamente por pertenecer a un mundo tan vinculado, tan enredado, valga el eufemismo, sin que uno haya reparado en ello. Eso me pasó con Julieta Campos, a quien encontré en el FCE con sus dos tomos de ensayo y casi al azar, porque era mujer y latinoamericana, me la traje a casa.

Grande, bellísima sorpresa, mujer rotunda, de posiciones políticas fuertes, cuya cultura es admirable, feminista sin necesidad de andar de bullanguera, honda como ella sola. Quedé pasmada sobre todo por haberla ignorado tanto tiempo.

Fallecida a causa de un cáncer de pulmón, me quedé más pasmada todavía cuando leí en archivos que en su velorio, su esposo, el diplomático Enrique González Pedrero, junto con su hijo, el escritor Emiliano González, estuvieron acompañados por Andrés Manuel López Obrador, Miguel de la Madrid, Manuel Camacho Solís, Carlos Monsiváis, Alejandro Encinas, entre muchos más. Pero por qué esta caravana de políticos, me pregunté. Secretaria de Turismo durante la gestión de López Obrador en la Ciudad de México, he aquí la razón de quienes llegaron a despedirla. Sin embargo lo más regocijante, saber que con ella tenemos el perfil de una mujer política, creadora, funcionaria e intelectual. Vale decir, una mujer completa. Tal como si fuera un hombre sin irle en ello ningún escándalo ni condena, ningún desmedro ni pérdida. Los tiempos cambian, me digo y sigo investigando.

Traductora de inglés y francés para la misma editorial donde yo la había hallado, con una larga carrera en las letras. Pero lo más extraordinario era que había nacido en Cuba y sus estudios literarios los había concluido en la Universidad de La Habana. Habiéndose enamorado de México como nos ha sucedido a tantos, y en México de un mexicano con quien gestó un hijo, y siempre en compañía de amigos mexicanos a los que quiso mucho, como Margo Glantz y Salvador Elizondo.

Y lo más extraordinario, aunque de 1978 a 1982 dirigió la sección mexicana de escritores del International PEN Club, entre muchos otros trabajos realizados a lo largo de sus años, escribió novelas, ensayos, teatro, hizo periodismo y ganó el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina.

También comparto con ella esa nostalgia por la primera patria, donde uno vuelve siempre en sueños o en imágenes, a través de la escritura, la ficción, las invenciones, que no son otra cosa que el impulso de aprehender todavía aquello conformado en nuestros huesos y que tiene que ver con la tierra natal, nuestra primera madre. Así describió paisajes que se repitieron siempre en su obra, con olor a mar, a costa, a isla. Y por fin en La forza del destino, una de sus últimas novelas, recupera Cuba con todo lo que significó para ella, la infancia, la costumbre, los vínculos, y el claro amor a su país.

A Argentina llegaron las noticias, a través de nuestros amigos teatristas, que en México –en Tabasco, para ser más precisos– se había estrenado una puesta en escena espléndida de un texto de García Lorca, creo que era Bodas de sangre, por el Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena de Tabasco. La noticia nos llenó de admiración y envidia de la buena: solo México podía darse esos gustos. Recién hoy cuando estudio a Julieta Campos me entero que ella fue su promotora. Y también, a causa de su libro Qué hacemos con los pobres, esa coincidencia con la médula de nuestras preocupaciones: la pobreza y el olvido de nuestra gente.

El fin del verano del 2007 la vio partir a los 75 años. No quería morirse. Soñaba todavía con renovadas invenciones y utopías, con nuevos actos de justicia.

coral.aguirre@gmail.com

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