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Martes , 19.06.2018 / 04:06 Hoy

Perfil de mujeres

Juana de Arco

Coral Aguirre

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Del amor o el odio que Dios tenga para con los ingleses no sé nada, pero lo que sé muy bien es que serán todos arrojados de Francia, salvo los que morirán.

Juana de Arco


Es una de las leyendas de mi infancia y forma parte de lo mejor de mi vida, revelado por mi madre. No necesito hacer ninguna investigación o buscar en enciclopedias virtuales o materiales. Todo lo sé a través de esa voz argentina y suave como el río Paraná de donde provenía.

Así me contó que era una niña esta Juana, la puced’Orléans, la pulga, la pucelle, la pulguita, porque Orléans fue el bastión que arrebató a los ingleses, y ella una mocosa a quien se le ocurrió un buen día que podía salvar a Francia. Escuchaba voces, me relató con voz misteriosa, mi madre. Desde muy niña escuchaba voces que la empujaban a ponerse en camino en busca del rey cuya autoridad le había sido arrebatada por los ingleses y devolverle el poder y la grandeza. Sin duda y aun sin saberlo mi madre era francófila y de allí que yo nunca haya podido superar mi desgano por el inglés. Lo cierto que esa criatura ya muchacha se presentó en la corte donde vegetaba Carlos VII y sabiendo que iba en su búsqueda, alguien quiso engañarla y la puso delante de otro señor. Sin embargo sin detenerse siquiera, ella continuó su reconocimiento hasta postrarse delante del mismo rey. Con todo ello no ganó ni tantito (mi mamá hablaba a la manera correntina) su confianza sino que por el contrario se puso más desconfiado. Pero la pucelle no cejó. Y de asalto en asalto consiguió algunas victorias y hubo de ser finalmente aceptada.

Nacida en Donrémy, en el norte de Francia en 1412, Juana, tal y como lo previó, logró que Carlos VII fuera coronado rey de Francia y de alguna manera su lucha dio lugar al fin de la Guerra de los Cien Años. Guerra cruel que se prolongó durante esa larga centuria a partir de las conquistas sucesivas que varios señores ingleses fueron haciendo de parte del territorio francés. Así me lo contó mi madre mientras enardecía mi imaginación al conjuro de ese nombre, Juana de Arco, que pobló aquellos años donde cada noche era un cuento y ese cuento una historia que mucho tiempo después pude advertir, pertenecía a la conciencia histórica de mi madre que yo heredé por habérmela inoculado cada día de su vida.

Finalmente llega el sitio de Orléans y luego la batalla. Vestida de hombre, por lo cual más tarde sería acusada, arremete contra el cerco, poderosa en guiar a sus tropas y darles ánimo, y con una inteligencia notable para las tácticas de ataque y defensa, vence a los ingleses y se corona tan victoriosa como para que ningún francés ni nadie en el mundo olvide que una mujer puede ser guerrera y triunfar sobre un formidable ejército de hombres. Los especialistas y estudiosos del tema hasta el día de hoy no pueden menos que señalar que sus aptitudes para la guerra fueron excepcionales, y que sin duda el fin de la lucha y la victoria de los franceses le deben a esa criatura frágil y casi niña esta parte de la historia.

Mi mamá cambiaba la voz cuando llegaba al desenlace, quiero decir a la traición. Porque franceses e ingleses unidos se dieron a perseguirla ¿acaso porque fuera mujer? La tildaron de bruja, le exigieron que declarara que escuchar voces fue una mentira que ella ideó para acercarse al rey. En fin que se proveyeron de todas las argucias habidas y por haber, para llevarla a juicio, acusarla de hereje, y con los ingleses por detrás y un tal señor francés Cauchon por delante, que en su pronunciación quiere decir cerdo, lograron llevarla a la hoguera en Rouen.

Pero, decía mi mamá irguiéndose nuevamente con cierto furor, nadie le quita lo bailado, porque Juana de Arco, quemada a los diecinueve años, es reina en los corazones franceses desde entonces, y luego, mucho después, entre idas y venidas de la Iglesia católica que siempre ejerce sus “peros”, santificada recién en 1920, ¿te das cuenta, Coralito? Y así terminaba su historia.

De todas maneras, confieso que para un estudio más fidedigno de esta heroína, bien vale investigar las fuentes apropiadas. Hoy, en esta entrega, solo quise oír de nuevo las canciones que me enseñó mi madre, a la manera de Dvorak que ella tocaba en el violín. Y en este mes de nosotras, rendirle mi homenaje.

coral.aguirre@gmail.com

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