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Domingo , 24.06.2018 / 02:11 Hoy

Perfil de mujeres

Guillermina

Coral Aguirre

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Hereje o santa, Guillermina de Bohemia (1210-1281) ha permanecido en la historia a pesar del ocultamiento sistemático que se ha hecho de ella, de su vida y de sus obras, como de la mayoría de las mujeres sabias de la antigüedad.

Lo que la hace llegar a nosotras e interesarnos en sus escritos filosóficos es su extraña condición feminista en una época en que era de ley la inferioridad de las mujeres. Como filósofa cristiana decidió crear una iglesia de mujeres y en pleno siglo XIII cuando era más feroz la persecución a las sectas como los cátaros, los templarios, los goliardos, entre muchos grupos más que se rebelaban contra la verticalidad inescrutable del dogma católico, en los tiempos en que las brujas, mujeres de fe o heréticas eran quemadas en las plazas públicas, fueran guerreras, pensadoras o médicas, Guillermina manifiesta que la Iglesia no la representa puesto que no es femenina, no hay una diosa femenina, Eva es solo la extensión de Adán y su servidumbre. Por lo que se plantea con fervor filosófico llevar adelante su tarea convencida que el sacrificio de Cristo solo redimía a los hombres y que ella y por lo tanto la comunidad femenina, no había sido alcanzada por la gracia del Hijo de Dios. Vale decir, la mujer seguía al margen de la redención sin ser salva.

Por todo ello algunas estudiosas feministas observan que los inicios del feminismo en donde la doctrina levanta su primer planteamiento, tiene que ver con esta declaración y posterior ejercicio de Guillermina. Más versiones del mismo caso señalan que lo que en realidad fue más fuerte y peligroso para la Iglesia se funda en su declaración tajante en cuanto a que dadas las reflexiones que le había provocado su condición de irredenta, había podido advertir que Eva tampoco había sido salvada.

De modo que se dio a la tarea de crear esta iglesia femenina a la que, aparentemente acudían mujeres de todos los estratos sociales. En su culto se mezclaba la aristócrata con la campesina.

De más está decir que la secta, como todas las sectas de la época, fue denunciada por la Inquisición en las primeras décadas del siglo XIV.

Dedicada a la búsqueda de Dios sin ser religiosa, vale decir una monja, sino todavía en esos tiempos lo que se denominaba una beguina, mujer sin cofradía, sin comunidad, tuvo un hijo y aparentemente quedó viuda. Radicada en su edad madura en Milán, vivía sola dentro de la muralla de la misma ciudad.

Su casa al parecer, había sido provista por la Abadía de Chiaravalle, ministerio religioso de mucho poder que cuidó y protegió a Guillermina y sus originales ideas. Las cuales en algún momento llegaron a ser extremas al punto de suponerse que se proclamó reencarnación en la tierra de Dios, como lo había sido Cristo para los hombres. Si bien los cistercienses la veneraban no pudieron evitar que al igual que tantas filósofas y pensadoras de la Edad Media la Santa Inquisición cayera sobre ella con el furor de todos sus fuegos literales y simbólicos. No obstante en Chiaravalle se la siguió honrando, enterrándola en su monasterio y levantando un altar en su nombre.

Lo que se desprende de todo ello y asombra, es que en 1300 d.C., 750 años antes de la aparición de El segundo sexo de Simone de Beauvoir, un grupo de mujeres con Guillermina a la cabeza y luego de su holocausto con otras que la siguieron haciéndose cargo de su herencia como Maifreda de Pirovano, y aquí cito las palabras de una especialista en el tema, Luisa Muraro, “incluso en la Edad Media existió un cierto potencial para utopías feministas en su sentido actual”. Advirtiendo entonces que Beauvoir se equivoca cuando manifiesta que “no han creado un mito viril en el cual se reflejarían sus proyectos, carecen de religión y de poesía que les pertenezca por derecho propio”.

Queda pues su planteamiento al cabo del tiempo como faro en las tinieblas que nos cercaron y aún nos cercan, como una suerte de llamado. Dónde están las órdenes, las leyes, las normas, los mandamientos, que a lo largo de la historia y dentro de nuestra propia historicidad digan de nuestros derechos irreductibles.

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