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Viernes , 21.09.2018 / 05:50 Hoy

Perfil de mujeres

Ginette

Coral Aguirre

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Me crié entre violines y con las fábulas de mi madre alrededor de los niños prodigio. Tantas veces la escuché resplandecer al relatarme la gloria del pequeño Yehudi Menuhin y sus conciertos. Sin embargo, salvo una referencia muy vaga de una niña semejante, ni mi madre ni el mundo me dieron cuentas de Ginette Neveu. Es probable que en Francia su fama fuera grande y también para ciertos especialistas. No para la gente, para los pueblos. Y Menuhin sí lo fue en Argentina como en cualquier otro país de Occidente. ¿Porque su familia tenía fortuna? ¿Porque era mejor violinista? ¿Porque realizó más giras? No lo creo, pienso con tristeza que fue lo de siempre, Ginette era mujer.

Nace en 1919, y es contemporánea de Menuhin (1916) incluso en las fechas de su aparición, salas donde actuaron, repertorio, giras. Su familia tanto padre como madre tocan el violín y sobre todo ella, la madre es quien le da sus primeras lecciones a partir de los 4 años. Tiene 7 cuando hace su aparición en París en la sala Gaveau donde interpreta nada menos que el Concierto para orquesta de Max Bruch. Entra enseguida al Conservatorio de Música y Declamación. Resonancias para mí de la propia educación de mi madre en una institución semejante.

A partir de entonces sus alforjas se llenarán de lauros al punto de arrebatarle el primer premio a uno de los más grandes violinistas del siglo XX: David Oistrakh, diez años mayor que ella. Sin embargo, los estudios se hacen más rigurosos día a día. También deja atrás las marcas de grandes prodigios del pasado, como Wieniawski. Ya a los 12 años comienza a estudiar con la célebre maestra Nadia Boulanger, perfilada también en esta columna. Como alumna de Nadia, quien le enseña composición, escribe con ella un concierto, una fantasía y tres sonatas para violín, quizás para festejar sus catorce años que le prometen la plena madurez musical tan pronto. Los que conocemos el repertorio violinístico no dejamos de asombrarnos al leer el suyo: casi todos los conciertos, caprichos, fantasías, sonatas y mucho más. Cuando las obras no forman parte de las partituras orquestales, es su hermano Jean Neveu quien la acompaña al piano.

Desde entonces, así como hay chicas que se la pasan de fiesta en fiesta, ella vivirá de concierto en concierto. "¡Conciertos, conciertos, –exclamaba Mozart, también niño prodigio, a sus cortos siete años– nunca habrán suficientes conciertos para mí!". Remedando a Mozart yo también hube de decirlo en mi infancia cuando mi madre me llevaba de concierto en concierto.

Sus maestros, Flesh, Thibaud, Enesco, son tan notables como ella. Y en la década de los 30 comienza sus giras internacionales que la llevarán de capital en capital, debutando en las salas de concierto más prestigiosas y llenándose de fama, aclamada por tantos públicos heterogéneos.

Recomendada por Von Karajan graba en Berlín para EMI, la Sonata para violín y piano de Richard Strauss, en 1939. La guerra estalla y ella se refugia en su país: ya no habrá giras ni grabaciones, salvo cuando estrena en 1943 la sonata para violín y piano de Francis Poulenc con presencia del autor y en beneficio de los artistas perseguidos y prisioneros del Tercer Reich.

Terminada la guerra, Ginette retoma su vida profesional tan brillante como siempre con conciertos y giras por diversas partes del mundo y grabaciones de sus mejores interpretaciones, siempre en compañía de su hermano Jean.

De su vida afectiva y personal no tenemos datos, no obstante, a tanto esplendor público le esperaba la tragedia. El avión en que viajan ella y su hermano en gira hacia EU se desploma sobre la isla de San Miguel en Los Azores. E ironía del destino se confunde su cuerpo con el de otra pasajera. Sólo meses después sus familiares entierran a la verdadera Ginette Neveu. Precisamente cuando llegaba la fecha de su trigésimo cumpleaños.

Mientras escribo, estoy escuchando su interpretación del Concierto de Sibelius grabado en 1946 y me asombra la extraña conjunción que logra entre delicadeza y rotundez. Pienso entonces en el porte de esas mujeres violinistas feroces a la hora de empuñar el arco y translúcidas sobre el diapasón. Como mi madre, como todas nosotras, capaces de incluir la ternura con la pasión.


coral.aguirre@gmail.com

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