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Sábado , 22.09.2018 / 08:19 Hoy

Antonieta

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Estudiar el perfil de Antonieta Rivas Mercado (1900-1931) es sorprenderme a causa de su parecido con la argentina Victoria Ocampo. Ambas nacen en cunas de oro, vienen de familias de abolengo, de rara belleza, cuya educación en los principios del siglo xx es provista por nanas y maestras particulares, con largos viajes a Europa en su infancia y diversas lenguas que dominan, determinadas a saber más que el resto de las mujeres, y a promover la cultura bajo todas sus manifestaciones, codeándose con la plana mayor de los intelectuales y creadores del momento, y procurando su amistad. De tal modo que se vuelven mecenas de las artes, promotoras culturales y proveedoras de la economía que a los artistas les falta. Ambas aman el teatro y se imaginan reinando en los escenarios con la misma cuota de censura por parte de sus mayores: una niña bien ni baila, ni canta, ni recita, ni se exhibe sobre un tablado.

Sin embargo una gran diferencia las aparta una de la otra. Mientras Victoria se empecina en largos proyectos como la revista Sur que recorrerá el siglo xx, Antonieta es de aliento corto. Pica aquí y abandona, se va por allá y se olvida, escribe y no publica, se atasca en sus amores olvidando el resto. Su destino está definido por la fragmentación de todo lo que hace.

Vuelven a aparecer las semejanzas con Ocampo cuando nos referimos a su matrimonio. Antonieta se casa a los 18 años y al igual que Victoria, por su juventud e inexperiencia se ve rebasada por una relación que no le da la menor satisfacción. Solo el nacimiento de un hijo y luego la separación y el regreso a la casa paterna.

Pero Antonieta quiere vivir hasta la médula, quiere ser alguien, no le basta su amistad con los muralistas y luego con Los Contemporáneos y luego el Teatro Ulises, y los estrenos de las obras cosmopolitas que proponían Novo y Villaurrutia, Owen, Rojo, y el resto. Quiere ser la musa que inspire a Rodríguez Lozano y lo trastoque, no puede resignarse a un medio reino, quiere el amor íntegro de un homosexual que además se lo sugiere. Reinar en un corazón que no late al compás de su pasión tan inútil como desesperada.

Y de pronto la flapper mexicana munida de su Cadillac último modelo y descapotable, con su fortuna a medias puesto que Salvador Novo y los otros poetas se la han achicado entre ediciones y puestas en escena, pero todavía lo suficientemente poderosa como para volverse la más interesante de las admiradoras, se encuentra con José Vasconcelos, casado pero con necesidades mayúsculas a causa de su candidatura a presidente y el proselitismo que bien pudiera ella ayudar a activar. Y así sucede, Antonieta es ahora la reina del activismo, va y viene ya no sobre la escena o en los pasillos de su teatro, sino en las calles y entre la gente, ese pueblo que aprendiera a conocer con el estallido de la Revolución cuando contaba solo con 10 años. Provee con su dinero hoteles, viajes, viáticos, cenas, agasajos, todo lo que necesita su nuevo héroe para su candidatura. Pero otra vez su camino vocacional se corta abruptamente: demasiado fraude y violencia, asesinatos y corrupción, de modo que se escapa una vez más de lo que pudiera ser su destino y se oculta en Nueva York.

Vasconcelos y ella vuelven a encontrarse en EU, ella ya sin fortuna y él sin el triunfo político que soñó, amantes destronados procuran su encuentro en París. El resto lo sabemos muy bien.

Antonieta había soñado para ella un destino singular, la parábola de una estrella en un cielo pleno de dones. Amó sin ahorrarse al pintor Rodríguez Lozano en un largo monólogo del cual dan pruebas sus 87 cartas publicadas en sus obras completas. Quiso hacer de Vasconcelos el adalid de una cruzada patriótica y no alcanzó más que a tomar su pistola y decidir su suicidio en la catedral de Notre Dame para que su memoria perdurara en él.

Perfil de mujer sujeta al Otro, a los ojos que la transformarán y proclamarán su esplendor, a su condición de proveedora u bello objeto para ostentar, no importaron sus propios talentos, no pudo acrecentarlos y como en la parábola de Cristo, los enterró. Destino femenino que todavía persiste.

coral.aguirre@gmail.com

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