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Viernes , 20.07.2018 / 13:40 Hoy

Panamá a 28 años. Un caso de protección

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La Operación Causa Justa del gobierno de Estados Unidos derrocó de la presidencia panameña al general Manuel Antonio Noriega.
(Foto: Archivo/AP)

El tema de protección a mexicanos en el exterior se ha tornado recurrente en los medios de difusión de nuestro país, particularmente a raíz del triunfo de Donald Trump como Presidente de Estados Unidos. El fuerte impacto que la política de deportación del gobierno estadunidense está teniendo entre los migrantes mexicanos ha llevado al gobierno de México a aplicar mayores medidas para apoyar de manera más efectiva a la diáspora, a través de los 50 consulados en ese país.

La protección a los connacionales, que constituye un objetivo prioritario de la política exterior mexicana, es una obligación para los miembros del Servicio Exterior Mexicano (SEM). Destaca como ejemplo la labor extraordinaria y ampliamente conocida del embajador en Chile Gonzalo Martínez Corbalá en los 70. Pero existen otros casos apenas difundidos, en los que también ha resultado difícil cumplir con la responsabilidad de velar por los intereses de México y brindar protección a los mexicanos; entre ellos se cuenta el trabajo de nuestros diplomáticos en Medio Oriente durante la Guerra del Golfo, o en los países centroamericanos durante las guerras en la región.

En ese tenor, y ante el recuerdo de los hechos ocurridos en Panamá hace 28 años, no es tarde para dar a conocer algunos pormenores de una labor de protección a mexicanos durante la intervención militar estadunidense a ese país denominada Operación Causa Justa, iniciada el 20 de diciembre de 1989. En tal evento, el trabajo responsable, comprometido y eficaz de cuatro miembros del SEM (Víctor Torres, Eduardo Ávila, José Pérez Aburto y Javier Constantino) bajo mi cargo como Encargada de Negocios, a.i. en Panamá, permitió la evacuación exitosa de más de 200 mexicanos, poniendo a prueba nuestra capacidad de reacción y la vocación de servicio al país, para lo cual no existe manual académico.

La operación estadunidense fue intempestiva. Los interminables bombardeos, las luces de bengala, el ir y venir de aviones y helicópteros disparando por toda la ciudad y en diferentes partes del país, los vehículos militares patrullando la capital y rodeando embajadas, el toque de queda y el temor natural de ser víctimas de dichas acciones militares, no fueron impedimento para mantener informada a la cancillería mexicana, establecer contacto con los efectivos militares estadunidenses en el país y diseñar la logística para evacuar a los conna- cionales. Así, a horas de haberse iniciado la operación militar, el secretario Ávila y yo acudimos a recoger a un grupo de mexicanos alojados en un hotel cercano para trasladarlo a la residencia de México; más tarde nos enteraríamos que a pocos minutos de dejar el hotel se produjo un enfrentamiento entre militares panameños y estadunidenses, en el que resultó muerto un periodista español. Para la labor de evacuación del resto de los mexicanos, el teléfono fue nuestro único medio de contacto con la comunidad mexicana, para lo cual resultó muy valiosa la difusión de nuestros números telefónicos particulares que transmitió una televisora mexicana. Después de arduas y complicadas gestiones de México con las autoridades estadunidenses, fue posible programar la salida del primer grupo de connacionales para el 24 de diciembre. Para tal efecto, y dado lo peligroso y delicado de la tarea por el toque de queda impuesto, recurrí a la Cruz Roja panameña para que encabezara un convoy que recogería a los mexicanos en diferentes puntos de la ciudad. El convoy partió de la embajada hacia el aeropuerto a primera hora del día 24, pero no fue posible recoger al primer grupo de mexicanos que se encontraba en un hotel frente a la Nunciatura Apostólica, cercana a nuestra embajada, debido a que minutos después los marines acordonaron el área por el ingreso del general Manuel Antonio Noriega, jefe de Gobierno de Panamá, a esa representación vaticana.

A paso de cortejo, bajo el constante ruido de disparos, sorteando barricadas y llenos de temor, el convoy siguió el trayecto por calles y avenidas solo ocupadas por vehículos abandonados o destrozados. Después de más de seis horas de recorrido y rebasando el toque de queda, llegamos a las inmediaciones del aeropuerto Omar Torrijos, donde encontramos un retén; ahí, un marine nos ordenó detenernos, bajar a quienes veníamos en el vehículo de la Cruz Roja y acercarnos con las manos en alto. Me identifiqué como representante del gobierno de México en Panamá y les informé que el grupo de mexicanos que encabezaba sería repatriado en un avión oficial que ya había aterrizado; los marines negaron la presencia de un avión mexicano y me ordenaron retirarme con el convoy, bajo amenaza de disparar. Ante mi firme protesta y exigencia, accedieron a llamar a un superior, quien llegó minutos más tarde y me comunicó que, en efecto, había un avión mexicano esperándonos. Después de una exhaustiva revisión de equipajes, los marines nos escoltaron hacia el aeropuerto.

De las destruidas instalaciones salió a recibirnos el embajador Raúl Valdés Aguilar, coordinador de asesores de la cancillería mexicana. Previa identificación, los oficiales estadunidenses permitieron el acceso a los mexicanos, pero no a familiares panameños. En respuesta a tal imposición, el embajador exigió el respeto a los mexicanos y a los núcleos familiares mexicano-panameños e hizo hincapié en la improcedencia de separar familias; la gestión resultó exitosa e ingresaron todas las personas gracias también a las gestiones del embajador y una vez que despegó el avión con los connacionales a bordo, las autoridades militares nos permitieron pernoctar en el aeropuerto. Los cuerpos de personas inertes vislumbradas escasamente por la falta de luz y la destrozada área VIP donde nos ubicaron, fueron el escenario de la celebración de Navidad. Contrastando con la seguridad de esa noche, mis compañeros y yo salimos del aeropuerto al amanecer, sin ningún impedimento. Para el 27 de diciembre, cuando había cesado prácticamente la Operación Causa Justa, trasladamos al aeropuerto, ya sin problema, a otro centenar de mexicanos que salieron de Panamá bajo la custodia también del embajador Valdés.

El nuevo gobierno panameño encabezado por Guillermo Endara nombró como ministro de Relaciones Exteriores al doctor Julio Linares. Mi relación personal con el nuevo canciller me permitiría después tratar directa y abiertamente los delicados asuntos que marcaban ya una compleja relación bilateral que permaneció así por algún tiempo. En su momento, los medios difundieron la posición oficial del gobierno de México ante un acto cuestionable de política exterior de un país con intereses muy particulares en esa región.

Hoy, el mundo no está exento de conflictos bélicos internacionales. Hoy, al teléfono y al fax de hace 30 años los han sustituido nuevas tecnologías de la información y comunicación, y las redes sociales han demostrado su gran utilidad para transmitir información aun en tiempo real. Por esto último, hoy el trabajo que conlleva la protección a mexicanos puede realizarse con mayor eficacia y celeridad en países en conflicto o ante situaciones como las que está atravesando la diáspora mexicana en Estados Unidos. Para ello, existe confianza en que los miembros del SEM de carrera seguiremos manteniendo nuestro compromiso con México y con nuestros connacionales, y que continuaremos trabajando con el mismo compromiso y responsabilidad demostrado a lo largo de los años.

*Embajadora de México

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