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Jueves , 13.12.2018 / 16:46 Hoy

Tiempos interesantes

Narcotráfico y poder político: oportunidad

César Romero

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Si algo debiéramos entender a casi medio siglo que el presidente Richard Nixon declaró la “guerra a las drogas”, es que ésta ha servido para empujar la agenda de “seguridad nacional” de Estados Unidos y con demasiada frecuencia como una excusa de la CIA, la DEA y otras agencias de inteligencia para justificar su intervención en otros países.

Las evidencias son numerosas: los escándalos que llevaron a la caída del presidente Samper en Colombia, la invasión y encarcelamiento de Noriega en Panamá, el complot para traficar armas a Nicaragua e Irán a cambio de cocaína sudamericana, la fractura a la élite política en Cuba (el caso del fusilamiento del general Arnaldo Ochoa), entre otras.

Bandera con enorme carga ideológica, el combate al narco sustituyó a la cruzada anticomunista de la guerra fría y precede a la actual retórica contra el terrorismo.

Además de la corrupción, ello explica la buena cantidad de alianzas entre los capos de la droga y jefes policiacos.

En México, uno de los casos más notorios ha sido el drama de los años ochenta que llevó al asesinato de Kiki Camarena, agente antidrogas estadunidense. Y aunque cada día hay más señales que apuntan hacia el involucramiento en ese caso de la propia CIA y su indudable complicidad con la Dirección Federal de Investigaciones, la policía política mexicana, esa historia marcó al país.

Del supuesto control del Estado sobre sus grupos delincuenciales, pronto —a la par del boom de la cocaína de los noventa—, los comandantes tomaron el control. Los primeros ríos en fluir fueron de dinero; luego, los de sangre.

México se fue descomponiendo. Y, por qué no, de arriba hacia abajo: El cuñado de un presidente (Echeverría) como cómplice; el hermano de otro (Salinas) como socio; un hijo de uno más (De la Madrid) como prestanombres de un narcobanco.

Siempre mezclada con la disputa por el poder político, con pruebas o sin ellas las acusaciones alcanzaron a jefes políticos (Bartlett, Beltrones), a gobernadores (Villanueva, Herrera, Yarrington), a generales, condecorados jefes policiacos; la lista es realmente enorme. Incluye, por supuesto, al expedito desplazamiento de miles y miles de soldados del cuartel al cartel.

En apenas una o dos generaciones la confianza y el tejido social se colapsaron. De ahí al huachicol, las autodefensas y los cientos de miles de muertos, la ruta era casi natural.

La oportunidad.

En 1979, el momento de mayor penetración de las drogas ilícitas en presencia de Estados Unidos, había poco más de 25 millones de consumidores. En 2019 se estima alrededor de 27 millones. Con el agravante del boom de la heroína y la epidemia de opiáceos en los suburbios de clase media. Por ello el eje de las políticas públicas sobre el tema está en la salud pública y no en la persecución.

Reconociendo que sin corrupción e impunidad el crimen organizado no puede prosperar, y mucho menos gobernar, para México el inicio de un nuevo ciclo político podría ser ideal para tomar distancia del juego perverso de la seguridad nacional del imperio del norte — dividir para vencer y armar aliados para luego perseguirlos como enemigos.

De la recomposición del poder político, debería surgir la fortaleza institucional y apoyo social indispensables para el regreso de la paz.

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