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Viernes , 14.12.2018 / 18:11 Hoy

Francotirador

"Mi amado odio"

Celso Mariño

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“¡Te odio, no te quiero ver!”. “¡Lárgate de mi vista!”, “¡Lárgate tú!”, “¡Vete a la chingada!”, “Tú me arruinaste…!”, “¡Veteeeee, que te vayaaas….!”. Palabras más, palabras menos transcurrió, así, una prolongada discusión de una pareja que no conozco, pero cuyos primeros gritos traspasaron mi ventana hace unas cuantas noches.

Cualquiera en mi caso, ya con sueño, pensaría: si ambos se odian y no quieren verse, tan sencillo como que uno de ellos abra la puerta, se retire y listo, y sirve que nos dejan dormir a varios, pero no es tan sencillo. Alguien me comentó poco después que estas intromisiones auditivas son frecuentes desde hace semanas o meses en el vecindario.

Viendo este conflicto doméstico a la distancia, ¿por qué permanecer con quien se odia?¿Por qué mantenerse cerca de alguien o algo que se detesta? ¿qué sensación nos deja este tipo de demostraciones de coraje y repulsión? Sin lugar a dudas que no es sano, es enfermizo, pero pareciera que también es placentero al grado de no querer soltar ese motivo.

Esto mismo me lleva a ligarlo al odio que cada vez está más presente, no sé si en más casas, pero sí en más calles y plazas, en las redes sociales, en el discurso político de presidentes y hasta en sitios turísticos, como lo vimos hace unos días en Barcelona y Cambrils, en España. Caso similar ocurrió en Charlotteville, en Virginia. En ambos casos, argumentando cualquier causa o postura, un sujeto lleno de coraje toma un vehículo y arrolla a personas que odiaba sin conocerlas.

Estos ánimos, en vez de calmarlos, algún singular mandatario los atiza con mensajes que incitan a asesinar a terroristas, a los fundamentalistas.

Este mismo odio, aunque en niveles aún incipientes, se empieza a mostrar en otras sociedades, en otras latitudes, donde ya hay agresiones y denostaciones en contra de negros, de latinos, de pobres, de altos, de chaparros y hasta en contra de turistas inocentes.

De acuerdo con la Real Academia Española, odio es sentir antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien y “cuyo mal se desea”; pero si agregamos que ese sentir, en niveles superlativos llega a la emoción, a alterar el ánimo intensa y pasajeramente y nos lleva a actuar, incluso a atacar a otro, lo que causa otra sensación que llega a ser agradable al desahogar el coraje acumulado y “someter” al odiado. Un desahogo terrible.

Lo peligroso es que el germen del odio está entre nosotros y no se ve que se esté haciendo algo para evitar la exacerbación. Localmente hemos visto muestras tanto pequeñas como grandes de intolerancia, desde quienes se molestaron en redes sociales porque una iglesia distinta a la mayoritaria hizo una marcha hacia la Minerva el domingo pasado, o los que agreden a la comunidad gay, a los migrantes, a los indigentes, en fin.

Así, entonces, ¿se deber ser tolerante con los intolerantes? Creo que no. Ya el escritor Thomas Mann lo había condensado perfectamente: “La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad”. Una cosa es ser tolerante, otra ser permisivo.

Claro, muchos dirán que el problema estriba en saber quiénes son los malvados, pero se puede resolver este falso dilema con una máxima muy mexicana, muy de Juárez, que nos memorizamos pero no practicamos: “El respeto al derecho ajeno es la paz”, y agregaría: y a quien no respete, aplicarle la ley, toda y a secas, sin ninguna gracia. Así de intolerante con los intolerantes.

celso03@icloud.com

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