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Miércoles , 19.09.2018 / 14:38 Hoy

Francotirador

El asombroso San Martín de Hidalgo

Celso Mariño

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Aprovechando el fin de semana y las conmemoraciones de la temporada -y claro, previas consultas a Mr. Google y a quienes ya han ido antes-, tomé carretera hacia el surponiente del estado -rumbo a Ameca, pues-.

La expectativa era ver de cerca la tradición conocida como el Tendido de Cristos, apreciar el fervor, cuidados y devoción que le guardan los habitantes de San Martín de Hidalgo a crucifijos de distintos tipos y tamaños, hechos con diversos materiales, con diferentes advocaciones y con una gran disparidad en sus antigüedades.

Pero, para empezar por el principio, es obligado advertir que la carretera a Ameca en la zona de Tala es como mi tía la comelona: ancha, cacariza y celosa, no puedes desapartarle mucho la mirada porque caes en uno de sus millonarios baches, grietas y bordos que hasta parecen abrevaderos. Supongo que recorrer ese tramo forma parte de los sacrificios que debe uno encarar en estas fechas, aunque el primer pienso de cualquiera no es ofrecerle este vía crucis al todopoderoso, sino tal vez sea el recordar a la primera ascendente femenina del funcionario que suponemos debería ser el responsable de darle mantenimiento a tan importante vía. En fin, todo sea por la fe... -ajá-.

Apenas se toma la desviación hacia San Martín y el camino se reduce a un carril por sentido, pero la calidad del asfalto mejora considerablemente, además el paisaje es más rústico y encantador a la vez. Casi se pueden tocar algunas plantaciones sacando la mano por la ventanilla y los únicos testigos de nuestro avance son vacas.

Paso El Limón, una localidad pequeñita que lo recibe (y despide) a uno, con unos viejecitos con sombrero de paja muy sonrientes sentados al filo de la banqueta.

En cuestión de minutos se llega a San Martín de Hidalgo, con una calle ancha de asfalto que después cambia a concreto hidráulico con unos muy estéticos topes de color rojo en cada esquina. Desde aquí comienza mi asombro-aprendizaje.

En cada esquina hay señalamientos alertando que el paso vehicular es “Uno y uno”, por lo que no hay necesidad de semáforos, además, los conductores, todos, ceden el paso a los peatones. “Igual que en Tepa”, se podría pensar, pero esto no es todo.

El segundo asombro: ¡No hay basura tirada en las calles! Solo se ve una que otra envoltura pero solo donde andan los turistas (desgraciadamente, así es), pese a que hay singulares botes en distintos puntos del centro de San Martín.

El tercero: no vi graffiti. No lo vi ni en las orillas ni en el trayecto y mucho menos cerca de la plaza principal o del templo. Muros impecablemente pintados o deteriorados por el paso del tiempo, pero ni una sola pinta clandestina.

Cuarto: la plaza principal y alrededores están limpios de puestos fijos y semifijos. Los vendedores de tacos, hamburguesas y demás están confinados en una calle próxima. En la plancha sólo vendimias temporales de empanadas, dulces y sombreros.

Quinto asombro y tal vez causante de todo lo anterior: las personas son extremadamente amables y ordenadas. Nadie se amontona en las vendimias, todos hacen fila o preguntan su turno, nadie se brinca para obtener un mejor lugar o espacio ¡Oooo!

¿Que me asombro de poco? Tal vez, pero si este “poco” que hacen los habitantes de San Martín de Hidalgo lo replicáramos en nuestra Guadalajara, en nuestro entorno inmediato, tal vez, pero solo tal vez, podríamos nosotros provocar un pequeño asombro en otros. ¿Le entramos?

celso03@icloud.com

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