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Miércoles , 14.11.2018 / 04:11 Hoy

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Las fiestas decembrinas del 2016 fueron, para muchos, unas de las más felices de los últimos años, y nada tiene que ver con sentimentalismos, nostalgia o recuerdos personales. No. Me refiero a datos concretos, ahora muy entrañables.

Hasta el día último de ese año el litro de gasolina Magna se vendía en 13.98 pesos, de Premium en 14.81, y el diésel en 14.63 pesos, y fue justo en diciembre del 2016 cuando la Secretaría de Hacienda y Crédito Público anunció que a partir de enero del 2017 habría un aumento en los combustibles.

“El incremento responde al aumento en los precios internacionales de los combustibles y no implica ninguna modificación o creación de impuestos”, informó Hacienda en ese entonces, en uno de los comunicados más odiados –y menos creíbles- de los últimos tiempos.

Enero de 2017 fue inclemente: la Magna subió a 15.99 por litro; la Premium a 17.79 y el diésel a 17.05 pesos, lo cual generó indignación generalizada en todas las capitales de los estados, ciudades medias, puertos, fronteras, en todas partes.

A través de redes sociales, pero también en universidades, sindicatos, gremios y hasta en la calle abundaron los llamados abiertos a frenar el gasolinazo. Tan solo el sábado 7 de enero de 2017 (¡hace apenas un añito!) marcharon unos 15 mil tapatíos, desde la Minerva y hasta el centro de Guadalajara para exigir dar reversa al alza en los combustibles.

En respuesta, las autoridades federales retrasaron -solo unos días- el segundo gasolinazo, el gobierno de Jalisco propuso eliminar las prerrogativas a los partidos políticos en años no electorales y anunció otras medidas para tratar de mitigar, en algo, el impacto a los contribuyentes. Los Ayuntamientos ampliaron los plazos con descuento o sin penalizaciones para cubrir derechos e impuestos municipales. Las protestas se sucedieron hasta tres al día en fines de semana, el malestar estaba a flor de piel y hasta los más mesurados salieron a las calles, pintaron mantas y gritaron consignas contra el gasolinazo…. pero algo pasó, o mejor dicho, pasó lo que siempre pasa: se olvidó, se apechugó -“Supérenlo”, nos dijeron por los 43 de Ayotzinapa ¡pero nos lo creímos para todo!-.

No sé si sea gracias a la reforma energética, a la fiscal, a la no construcción ni inversión en refinerías, a la ineficiencia de Pemex, al sindicalismo charro que sangra a la equivocadamente llamada empresa “productiva” del estado, a los precios internacionales, al Impuesto Especial sobre Producción y Servicios, a los votos o no votos de los legisladores de todos los partidos, pero lo cierto es que los precios de los combustibles están en escalada libre y no hay qué ni quién, cómo ni para cuándo los paren.

Al día de ayer, en una de las gasolineras asentadas en el municipio de Guadalajara –ahora los precios están diferenciados- la Magna estaba en 17.21 pesos el litro; Premium a $19.01 y el diésel a 17.83 pesos. Es decir, de diciembre de 2016 a enero de 2018 han tenido un incremento del 23.1%, 28.3% y 21.8 por ciento respectivamente, esto ¡en apenas 13 meses!

¿Dónde está lo bueno que contaba mucho? ¿Dónde quedaste indignación? ¿Dónde estamos todos ahora?

celso03@icloud.com

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