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Miércoles , 17.10.2018 / 03:48 Hoy

Malas compañías

Soy Leopoldo Flores

Celeste Ramírez

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Un día de enero de 1993 acudí a lo que fue mi primera orden de trabajo como reportera: la cobertura de una exposición de pintura en el Museo de Arte Moderno del Centro Cultural Mexiquense.

Un fotógrafo y yo llegamos tarde al museo. Ya estaba el brindis.

De inmediato él empezó a sacar las fotos para la sección de sociales de El Sol de Toluca.

Nos acercamos a un grupo de tres personas y el fotógrafo les hizo la foto. Les pregunté sus nombres para "el pie de grabado" y me respondió un hombre que vestía camiseta y pantalón de mezclilla con chamarra azul marino.

Dio el nombre de la expositora María Luisa Simón. Luego, me hizo saber el de su esposa, María Dolores Almada.

-Mi nombre no se lo doy porque usted ya lo sabe ­–, me dijo rápidamente y se volteó para seguir conversando.

Fue en ese momento cuando el mundo se me cayó. No sabía quién era y así se lo hice saber.

-Perdone, pero no sé quién es usted. De inmediato sentí una mano, la del fotógrafo, que me sujetó el brazo. El apretón fue una suerte de "quítate y no estorbes".

-Disculpe usted maestro. Es una nueva reportera, le dijo.

De regreso al periódico, el fotógrafo me sentenció un debut y despedida; el fin de una incipiente carrera reporteril, mientras yo iba abrazando mi libreta de taquigrafía.

Fue así como conocí a Leopoldo Flores.

Esta anécdota que la he mencionado a muchas personas, solo me atreví a contársela a Polo Flores, en lo que fue la última entrevista que me permitió de muchas pláticas a lo largo de más de dos décadas.

Le dio risa, tomamos café y charlamos. Luego me enseñó un cuadro de gatos -una de sus pasiones-. Son gatos interminables, me dijo. Nuevos gatos aparecían alrededor del rostro del pintor, de un autorretrato en rojo -otra de sus pasiones- con degradado del gris al negro.

Esa mañana de diciembre del 2014, platicamos de caballos, una de sus figuras obsesivas. Caballos alados, gestas libertarias, mujeres victoriosas.

También hablamos de guerreros, de esos hombres peculiares -y únicos- enfrentados a las grandes batallas.

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