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Lunes , 10.12.2018 / 21:28 Hoy

Malas compañías

Números

Celeste Ramírez

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Hay números que calan hondo en el alma: son los números del abandono y de la soledad. Las fechas que no se quieren recordar, los números de los meses y de los días que regresan cada año, inexorables, porque el segundero recorre el mismo camino, una y otra vez, siempre.
Hay otros números, por ejemplo, que nos generan el mayor de los espantos. Sobre todo, si no sabemos llegar a la quincena.
Hay números que nos angustian como el costo de la vida diaria, la devaluación interna, el nivel del poder adquisitivo y el deslizamiento del peso mexicano frente al dólar.
Que nos causan el mayor de los miedos: el costo del combustible: ¡el gasolinazo semanal!
Hay números que nunca olvidamos como el número de identificación personal para los cajeros automáticos, el número de nuestro domicilio, nuestro número telefónico y kilometraje y las placas del carro.
Hay números que nos hacen que saquemos el orgullo nacional como los marcadores en una copa mundial. O, incluso, el triunfo del quinielista de nuestra oficina: ¡Gol!
También hay números que nos conduelen, que nos enfrentan y, que nos disgustan.
Hay números para todo. Las matemáticas, los números, privan nuestra vida y nuestra existencia. Todo está supeditado a ellos: son el cálculo y la contabilidad de nuestras filias y nuestras fobias.
Estamos fichados: tenemos número de acta de nacimiento, de elector, de servicio social, de licencia, de pasaporte, de curp, de teléfono, de cuenta bancaria, etcétera.
Pero también los números inundan (y permiten estructurar la belleza) la creación artística, el arte. (Métrica, armonía, sonido, ritmo, proporcionalidad, formas y más).
La manifestación universal y las matemáticas: la música, la pintura, la escultura, la literatura, en fin. Teoremas de amor, vida y muerte.
Como Jorge Luis Borges, racionamiento y escritura metódica: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales “. (La biblioteca de Babel, 1941).
“¡Qué hambre de saber cuántas estrellas tiene el cielo!”, hilvana Pablo Neruda. Y en la contundencia de su oda, también el poeta nos recuerda que: “el tiempo se hizo número. La luz fue numerada”.

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