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Carta de viaje

Sobre la pacificación de México

Carlos Tello Díaz

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En 2017 se registraron 31 mil 174 homicidios en México”, afirmó el comunicado de prensa 310/18 dado a conocer hace poco más de una semana por el Inegi. “Es decir, una razón de 25 homicidios por cada 100 mil habitantes”. Más de 85 personas murieron asesinadas en promedio, cada día, en el curso de 2017. Este es el contexto en el que tuvo lugar el primer foro de consulta sobre paz y reconciliación, en el que Andrés Manuel López Obrador habló de la necesidad de perdonar, frente a los habitantes de Ciudad Juárez. Los padres de los desaparecidos y los muertos dijeron que no, que sin justicia no puede haber perdón. Pero tendrá que haber algún tipo de amnistía al final de esta guerra, como ocurre siempre al final de toda guerra. El problema es que no sabemos cuándo ni cómo terminará la que hemos padecido. Todo apunta a que 2018 será un año aún más violento que 2017.

En 2007, Colombia tenía una tasa de 40 homicidios por cada 100 mil habitantes y México, a su vez, una tasa de ocho homicidios por cada 100 mil habitantes. Todo cambió en estos diez años. Hoy, México tiene una tasa de 25 homicidios y Colombia una tasa de 24 homicidios por cada 100 mil habitantes. Por encima de México están Venezuela (con 89) y Brasil (con 30). Por debajo de México están, en cambio, además de Colombia, países como Uruguay y Perú (con menos de ocho), Argentina (con seis) y Chile (con tres).

¿Qué es lo que ocurrió en nuestro país? No sabemos la respuesta. La tasa de homicidios caía, año con año, desde 1992, hasta llegar a un mínimo de ocho por cada 100 mil habitantes en 2007. Entonces comenzó a subir, desorbitada. Se rompió una tendencia de más de 15 años. La tasa de homicidios aumentó 50 por ciento en 2008 y de nuevo 50 por ciento en 2009. Fue un cambio tan brusco y tan pronunciado que no podía ser explicado por factores estructurales; tenía que ser entendido en términos de factores coyunturales, uno en particular: la declaración de la guerra contra la delincuencia, con operativos conjuntos de las fuerzas armadas, que detonó el gobierno de Felipe Calderón. Era necesario detener el crimen organizado en el país, sin duda, pero había que hacerlo con inteligencia y con preparación. No las hubo. En 2011, la tasa de homicidios llegó a ser de 24 por cada 100 habitantes: más alta que en 1992. Pero, a partir del tercer trimestre de ese año de 2011, empezó a bajar. ¿Por qué? No lo sabemos. He escuchado la hipótesis de que bajó a partir de que el gobierno de Calderón concentró sus esfuerzos en golpear a Los Zetas, el grupo criminal más violento en México (fue la opinión expresada por uno de los expertos en la materia en México). Puede ser. Pero también puede no ser. ¿Qué sucedió después? A partir de 2014 empezó a subir, una vez más, la tasa de homicidios en el país. El punto de quiebre fue la desaparición el otoño de aquel año de 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa. ¿Qué sucedió? No lo sabemos. La tendencia a la baja fue rota drásticamente. No tenemos una explicación satisfactoria de las causas del repunte de la violencia en México. Sabemos que no solo es preocupante por su magnitud sino por su dispersión geográfica. Regiones antes pacíficas, como Guanajuato y Baja California Sur, son hoy violentas. Surgieron nuevos mercados criminales, como el robo de combustible. Aparecieron grupos violentos que antes no existían, sobre todo en Occidente.

La pacificación del país es urgente, porque la violencia puede salir completamente de nuestro control. Para eso es necesaria la reconciliación. Pero es también necesario tener una explicación satisfactoria —pues no la tenemos— de las causas de la violencia en México.

*Investigador de la UNAM (CIALC)

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