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Domingo , 21.10.2018 / 06:34 Hoy

Carta de viaje

Sobre la corrupción

Carlos Tello Díaz

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El futbolista más talentoso del mundo y el presidente más autoritario del planeta; uno de los dictadores más siniestros de África del Norte y uno de los directores de cine más adorables de Europa; la mujer que perdió y el hombre que ganó en las elecciones de Argentina; ahora incluso, sugiere la prensa, un Premio Nobel de Literatura. Son algunos de los nombres que han aparecido vinculados a los Papeles de Panamá. Casos muy distintos, sin duda, que hay que saber distinguir, para no cometer una injusticia, pero que invocan todos, sin embargo, el fantasma de la corrupción.

Es un fantasma que aparece en todas partes, uno que en América Latina, en concreto, ha empañado la imagen de los gobiernos de muchos de los países más importantes, hasta lo más alto: ha tocado a los presidentes de Argentina, Brasil, Chile, Perú, Venezuela, México. En nuestro país ha provocado un hartazgo de la sociedad con los políticos en general, con quienes detentan el poder. ¿Siempre fue así? ¿No ha tenido nunca el país gobernantes que hayan desempeñado sus cargos con honestidad? Es difícil responderlo porque a lo largo de los años han cambiado los criterios con los que la sociedad juzga la corrupción. ¿Cómo entenderla en los tiempos en que un funcionario, el virrey, personificaba al Estado?

Hay un consenso: es común afirmar que los gobiernos liberales del siglo 19 fueron honestos. En muchos sentidos la corrupción llegó con los generales que saquearon la Ciudad de México al triunfo de la Revolución, ninguno de los cuales obró movido por un sentido de justicia, como si aquello que expropiaban perteneciera a la Nación. Su móvil era la avaricia. Pero los liberales fueron en general honestos, con la excepción de Manuel González, el único presidente que se enriqueció en el ejercicio del poder en la segunda mitad del siglo 19. Los gobiernos de Benito Juárez y Porfirio Díaz fueron reconocidos por su honestidad, pero tanto Juárez como Díaz, ambos de una honestidad sin tacha, repartieron prebendas entre sus amigos y aliados durante las guerras de Reforma y de Intervención, y durante la República Restaurada y el porfiriato.

El caso de Juárez podría ser escandaloso, aunque no lo es, pues muchas de las fortunas más significativas del siglo 19 —como la de los Limantour, beneficiarios del reparto de las tierras del convento de Corpus Christi, en el centro de la capital de México, por haber ayudado con armas a la República— tienen su origen en la manera como el Benemérito distribuyó el patrimonio de la nación que había estado en manos de la Iglesia. Juárez empezó a repartir ese patrimonio entre sus amigos y aliados aun antes de ser presidente, allá en Oaxaca. La Ley de Desamortización de 1856, por ejemplo, no planteaba la expropiación de las propiedades del clero, pero exigía la venta de sus fincas a quienes las arrendaban (los propios sacerdotes tenían vetado comprarlas). Así fue vendida la hacienda más rica de Oaxaca, la del Rosario, propiedad de los dominicos, al coronel José María Díaz Ordaz, que no era el arrendatario, pero era en cambio el hombre de confianza de Juárez en Oaxaca. Así fue vendida también la hacienda de beneficio de Cinco Señores en la Sierra Norte, hacienda de renombre, al licenciado Miguel Castro, que no era el arrendatario, pero era en cambio el amigo del alma de Juárez en Oaxaca. Tanto Díaz Ordaz como Castro fueron gobernadores del estado por voluntad de don Benito, quien había ayudado a enriquecerlos con la Ley de Desamortización. ¿Fue eso escandaloso para los mexicanos que lo vivieron? No para los liberales, beneficiados con la medida, pero sí para los conservadores, las víctimas: fue muy escandaloso.


ctello@milenio.com

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