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Sábado , 23.06.2018 / 11:45 Hoy

Sobre el populismo

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Escuché una conferencia que dio mi hermano Javier en el seminario de desarrollo político que desde hace unos meses organiza el gobierno de Puebla, titulada “Elecciones en tiempos de revueltas populistas”. Me interesó, por lo que (con su venia) la comparto aquí con los lectores.

Las revueltas populistas han florecido en los años más recientes, no en la periferia, sino en el corazón mismo de Occidente: Estados Unidos (Trump), Inglaterra (brexit) y Francia (Frente Nacional). Han ocurrido en países importantes como Italia (Movimiento Cinco Estrellas) y España (Podemos). En algunos ejercen el poder, como en Grecia (Syriza) y Hungría (Fidesz), y en Venezuela (la revolución bolivariana). Todos estos movimientos —algunos de izquierda, otros de derecha— tienen algo en común: el populismo. ¿Qué es el populismo? Javier, reconociendo que el concepto es disputado, propone la definición que dan Cas Mudde y Cristóbal Rovira, autores del libro Populism: A Very Short Introduction. El populismo, dicen ellos, es una ideología ligera que identifica dos grupos antagónicos, el pueblo (puro) y la élite (corrupta), y que tiene como objetivo implementar la voluntad del pueblo. El pueblo, en este sentido, es una entidad que no corresponde a la población total del país. El criterio para determinar quién es parte de ese pueblo no es empírico, sino moral. Hay de hecho personajes que, purificados, dejan de ser parte de la élite (corrupta) para formar parte del pueblo (puro). El populismo, así definido, está opuesto al elitismo, que también divide al mundo en dos, el pueblo y la élite, pero favorece a la élite, y está también opuesto al pluralismo, que rechaza las visiones monistas y maniqueas de la sociedad, tanto del populismo como del elitismo, para reivindicar, justamente, la pluralidad.

El populismo es una ideología mínima, una visión maniquea y una perspectiva monista. Al ser una ideología ligera, necesita estar acompañada de un ideario secundario. Este ideario es el que distingue al populismo de izquierda, como Syriza y Podemos, del populismo de derecha, como Fidesz y el Frente Nacional. Al margen de su ideario secundario, el populismo en sí mismo suele ser visto como un peligro para la democracia liberal. ¿Siempre? No necesariamente. El populismo tiene ventajas y tiene desventajas. Las desventajas son de sobra conocidas: 1) desgasta a las instituciones, 2) limita los derechos de quienes no son parte del pueblo, 3) polariza a la sociedad, a la que divide en dos, 4) hace difíciles los acuerdos, por su visión maniquea del mundo, 5) erosiona los partidos, identificados con la élite que es impura, y 6) personaliza la política, en la que a menudo hace su aparición un caudillo que representa el Bien. Pero el populismo tiene también ventajas, aunque son menos conocidas: 1) da voz a los ciudadanos que sienten que no están representados por los partidos, 2) integra a la vida política a los excluidos, 3) es un reto que sacude a la partidocracia, 4) subraya la importancia de la voluntad frente a quienes afirman que hay problemas sin solución, y 5) pone nuevos temas en la agenda política de los países.

¿Cuáles son las condiciones para que el populismo tenga éxito? Dos: que haya una oferta y que haya una demanda. Entre los factores que incrementan esta demanda están variables coyunturales como la baja gobernabilidad, la crisis de representación, la debilidad de los partidos, el desencanto democrático y la insensibilidad política, y también procesos de más largo alcance como la globalización, la migración y el libre comercio. Estas condiciones estaban dadas en Estados Unidos, al ganar Trump. Y están dadas también en México, donde existe una muy atractiva oferta populista: la que representa López Obrador.

*Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com

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