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Carta de viaje

Shakespeare y Cervantes

Carlos Tello Díaz

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Son quizás los más grandes escritores de Occidente, junto con Dante. Y ambos murieron el mismo día de abril. Hace 400 años.

Shakespeare tenía poco más de 20 años cuando dejó Stratford-upon-Avon para salir a Londres, una ciudad de 200 mil habitantes a las orillas del Támesis. Había estado casado con una mujer ocho años más grande, Anne Hathaway, con quien dejó a su hija Susanna y a los mellizos que acababan de nacer, Judith y Hamnet. Es posible que haya trabajado recibiendo a los caballeros que llegaban sobre sus monturas al teatro. Los actores ingleses, en tiempos de la reina Isabel I, tenían un estatus social similar al de los pordioseros, algo que debió apenar a William, quien deseaba regresar como un caballero a su pueblo (su padre, un comerciante otrora próspero, había caído en desgracia en Stratford). Conocemos poco de su vida (persiste incluso la idea de que el autor de sus obras es Sir Francis Bacon o el Conde de Oxford). No hay sobre él una sola gran biografía, quizá porque no hay tampoco mucho que saber. Pero no ignoramos todo. "Existe una firme tradición biográfica en el sentido de que Shakespeare, el hombre, no era en absoluto excéntrico", dice Harold Bloom en su libro sobre el canon de Occidente. "Sus amigos y sus conocidos dejaron testimonio de una persona amigable, más bien ordinaria en su apariencia: honesta, accesible, aguda, bondadosa, sin afectaciones, alguien con quien era posible relajarse al lado de una copa. Todos coinciden en que tenía buen humor y ninguna presunción, aunque era duro para los negocios". Escribió 38 obras en 24 años, para regresar a morir a su pueblo como había deseado: rico. Había sido actor, escritor y copropietario de la compañía teatral de Lord Chamberlain. Estaba por cumplir 52 años. Su obra, desde entonces, no ha dejado de crecer, a pesar de que la condenaron autores muy notables (los más conocidos: Voltaire y Tolstoi).

Conocemos mejor la vida de Cervantes que la de Shakespeare. Era un niño tímido y tartamudo cuando dejó Alcalá, donde nació, para acompañar a su padre (acosado por las deudas) por las ciudades de Valladolid, Córdoba y Sevilla. Su vida de adulto fue heroica: perdió el uso de una mano luchando contra los turcos en la batalla de Lepanto, vivió prisionero de los moros por cinco años en Argel, fue luego encarcelado por su trabajo como recaudador de impuestos en una prisión de Sevilla, donde al parecer comenzó a escribir el Quijote. Tenía entonces la edad que tenía al morir William Shakespeare. Era un hombre delgado, con un pasado turbulento, incapaz de ganar dinero, su vida hasta entonces, a pesar de su heroísmo, una serie de fracasos domésticos y profesionales.

Ambos inventaron los géneros en los que su obra prosperó, tal como los conocemos hoy: la tragedia y la comedia (Shakespeare) y la novela (Cervantes). Y ambos crearon, con palabras, algunos de los personajes más fascinantes en la historia de la literatura, personajes capaces de transformarse y reinventarse sin cesar: Don Quijote y Sancho, Macbeth, Hamlet y el Rey Lear. Shakespeare murió rico, como quería: un caballero de Stratford. Cervantes falleció pobre: no recibió regalías por su obra ni tuvo suerte con sus mecenas. Pero vivió para conocer la popularidad del Quijote. Tuvo muchos lectores. Uno de ellos, por cierto, fue Shakespeare, quien tradujo junto con John Fletcher una historia de Cervantes que se ha perdido: Cardenio.


ctello@milenio.com

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