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Sábado , 18.08.2018 / 02:46 Hoy

Carta de viaje

Río de Janeiro como símbolo

Carlos Tello Díaz

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Brasil prometía ser la revelación del siglo XXI. El ejemplo al que volteaban a ver los países de América Latina. Un país que sabía combinar con éxito la responsabilidad económica con el compromiso social. Lula había heredado de Fernando Henrique Cardoso, sin trastornos, el gobierno de Brasil. En el Palacio de Planalto, vestido de traje, impulsó su agenda social sin renunciar a la política de ajuste de Cardoso. Lanzó el Programa Hambre Cero y el Plan Nacional de Erradicación del Trabajo Esclavo, y subió el salario mínimo en 20 por ciento. Nada menos. Pero también salvaguardó la autonomía del Banco Central, pagó sin demora la deuda externa, impulsó una reforma para atrasar la edad de jubilación de los funcionarios y recortar sustancialmente sus pensiones, y redujo el gasto público en 16 por ciento para cumplir los compromisos adquiridos con el FMI. Cayó la inflación, aumentó el superávit fiscal y comercial, y el mercado financiero respondió. Hubo lo que buscaba: apreciación del real frente al dólar, mejora de los índices de riesgo-país y revalorización de los títulos de deuda pública de Brasil. Al mismo tiempo, sin embargo, arreciaron las críticas de la izquierda del PT, opuesta a la política económica, a la alianza con los partidos de derecha. Los escándalos de corrupción estallaron en 2005. Lula tuvo que dar una explicación a su pueblo. “Estoy indignado por las revelaciones que aparecen cada día y que impactan al país, porque el PT fue creado justamente para fortalecer la ética en la política”, dijo, para después agregar: “Yo no tengo ninguna vergüenza para decir al pueblo brasileño que nosotros tenemos que pedir disculpas”. Los brasileños pensaban que su presidente conocía la corrupción, cosa que él negó, pero fueron tolerantes: sabían que el dinero le servía para promover un proyecto, no para llenar sus bolsillos. Y la mayoría de los brasileños apoyaba ese proyecto.

Brasil siguió avanzando y fascinando, y Lula quiso dar a conocer su éxito a todo el mundo. Terminaba el año 2009. México estaba hundido en un abismo: la violencia, la epidemia, la crisis, el desconcierto. Brasil, en cambio, producía el asombro de todos. Río de Janeiro acababa de ganar la sede de los Juegos Olímpicos de 2016. La cidade maravilhosa, la primera capital de Brasil, construida en uno de los emplazamientos más espectaculares del mundo, pasaba ella misma por un boom, gracias al declive de la violencia, endémica en la ciudad, y gracias también al sentimiento de prosperidad creado por la demanda de petróleo que había sido descubierto frente a sus costas para ser explotado por la empresa —modelo para muchas— que tenía su sede en la ciudad: Petrobras. Brasil era un éxito.

Hoy, un puñado de años después, todo es completamente diferente. Río de Janeiro es el símbolo que había querido tener Lula. Pero un símbolo no de éxito sino de fracaso. La violencia ha vuelto a las favelas. Los policías de la ciudad, sin percibir sus salarios de un gobierno en bancarrota, recibieron a los deportistas de los Juegos Olímpicos con pancartas que decían, en inglés, Bienvenidos al infierno. La bahía de Guanabara está tan contaminada que muchos han pedido suspender los juegos acuáticos. Hubo rumores incluso de que una célula del Estado Islámico planeaba un ataque terrorista en Río. Muchos no asistieron a las competencias por miedo al virus del zika, que hace estragos en el país. Y todo eso mientras Brasil pasa por su peor crisis económica y política en mucho tiempo: la economía va a caer cerca de 4 por ciento en 2016 y Dilma Rousseff será con toda probabilidad suspendida y juzgada por corrupción, junto con Luiz Inacio Lula da Silva.

Esa es la realidad. Y, sin embargo, existe todavía la magia de los Juegos Olímpicos. Esa magia puede ayudar a transformar las cosas. Yo espero que ella le dé fuerzas a Brasil.

ctello@milenio.com

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