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Lunes , 24.09.2018 / 17:27 Hoy

Carta de viaje

Posverdad y noticias falsas

Carlos Tello Díaz

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La UNAM organizó la semana pasada una mesa redonda con la que culminó la Semana del Uso Ético de la Información, que giró en torno a la posverdad y las noticias falsas, dos términos que (sobre todo en inglés: post truth y fake news) han irrumpido estos años con gran fuerza en el discurso político y mediático, en particular en Estados Unidos.

La posverdad es un término relativamente nuevo que en realidad no es otra cosa que la propaganda —es decir, el mensaje que hace énfasis en las emociones y los prejuicios, más que en los argumentos, con el propósito de influir en el ánimo del público—. La noticia falsa, en cambio, es algo más complejo. Puede ser, en efecto, “toda aquella información fabricada y publicada deliberadamente para engañar e inducir a terceros a creer falsedades o poner en duda hechos verificables”, como dice Aidan White, el director de la Red de Periodismo Ético. El problema con esta definición es que nos remite a las intenciones, que no son siempre fáciles de conocer. ¿Cómo podemos saber que la noticia falsa fue publicada deliberadamente para engañar? ¿No son noticias falsas las noticias que son falsas, pero que no fueron publicadas para engañar? ¿La historia de la niña Frida Sofía, que los medios decían que sobrevivía entre los escombros al caer el edificio de su escuela tras el terremoto, no fue una noticia falsa? Yo creo que sí lo fue, aunque no haya sido publicada deliberadamente para engañar por los noticieros y los periódicos del país. Una de las razones por las cuales las noticias falsas son difíciles de combatir es, de hecho, porque con frecuencia son difundidas por los medios sin saber que son falsas.

Las noticias falsas no son nuevas en el mundo: han existido siempre, desde que el hombre cobró conciencia de la influencia de los medios sobre la opinión pública. Lo que es en cambio una novedad es que ellas, hoy en día, pueden ser propagadas con una rapidez y una amplitud impensables en el pasado, por medio de las plataformas digitales de las empresas que dominan el espacio de la información: Facebook, Google, Twitter… Todas ellas difunden información sensacional y provocadora, verdadera o falsa, no importa, para atraer la atención de los usuarios. Este comportamiento es cada vez más común, también, en los portales de los periódicos, que son a menudo rigurosos y austeros en su versión impresa, pero escandalosos y frívolos en su versión digital, porque sienten (y tienen razón) que deben competir por la atención de los usuarios de las redes sociales. The Economist publicó la semana pasada un artículo titulado “¿Está amenazada la democracia por las redes sociales?”. Sí, responde el semanario, que da este ejemplo: entre enero de 2015 y agosto de 2017, es decir en el contexto de la elección presidencial en Estados Unidos, Facebook aceptó que alrededor de 146 millones de usuarios pudieron haber recibido noticias falsas fabricadas y publicadas deliberadamente para engañar por el gobierno de Rusia.

La verdad existe: es la que está sustentada en los hechos. A veces es fácil dar con ella, a veces es difícil dar con ella y a veces es imposible dar con ella (lo cual ocurre con frecuencia: en este sentido es posible hablar de versiones distintas que buscan acercarse a ella, aunque permanezca esencialmente desconocida). Pero los hechos son siempre los mismos. No existe tal cosa como hechos alternativos (alternatve facts, como dijo memorablemente Kellyanne Conway).

*Investigador de la UNAM (Cialc)

ctello@milenio.com

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