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Domingo , 17.06.2018 / 23:26 Hoy

Carta de viaje

Ocupación de Oaxaca

Carlos Tello Díaz

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El 21 de octubre de 1866, el general Porfirio Díaz hizo marchar a todos sus prisioneros, más de 700, por las calles de Oaxaca, para luego concentrarlos en el panteón de San Miguel. Mandó a sus oficiales a estrechar, por el norte, el sitio de los conventos del Carmen y Santo Domingo, y a aislar al enemigo en el fuerte del cerro de la Soledad. Hizo trabajos de fortificación y de zapa: construyó revestimientos para resistir el fuego de la artillería y cavó brechas con minas en dirección a los monasterios que tenía en su poder el general Carlos Oronoz, jefe de los imperialistas en Oaxaca. Oronoz sabía que todo estaba perdido. Acababa de recibir una nota de la guarnición de Puebla que le advertía que era imposible socorrerlo —la nota, confiscada al correo que la llevaba, había caído en manos de los republicanos: el propio Díaz la envió al general Oronoz. Los franceses y los austriacos lo presionaban para negociar. Así pues, el 31 de octubre al amanecer, luego de cesar el fuego, después de tocar parlamento para acordar la entrega de la plaza por medio de comisiones nombradas por las partes, dirigió este mensaje al general en jefe de los republicanos: "Le suplico, si lo tiene a bien, que a las nueve de la mañana de hoy se reúnan las expresadas comisiones en el teatro de esta capital". Los republicanos pactaron ese día la rendición de la plaza de Oaxaca. Fue acordado que los jefes de los imperialistas serían prisioneros de guerra —con garantía de la vida—. El general Oronoz, prisionero, habría de sobrevivir a la caída del Imperio —y a la muerte de Juárez, Lerdo y González— para morir en Xalapa en los albores del siglo XX, sin haber servido jamás a los gobiernos de la República, como lo habría de notar un oficial del Ejército de Oriente, presente entonces en Oaxaca. Fue uno de los muy pocos que tuvo, dijo, "la dignidad suficiente para no pedir un asiento en el banquete del triunfo".

El general Díaz reasumió el 1 de noviembre el mando político y militar del estado, y ese mismo día escribió al presidente Juárez, a quien había prometido no escribirle hasta no poder fechar su carta en Oaxaca. "Por los impresos y comunicaciones que ya mandé a usted dándole cuenta de mis operaciones, sabrá usted mis movimientos y victorias y el estado feliz en que me hallo", le decía, para luego contarle sus hazañas, desde Miahuatlán hasta La Carbonera, y anunciarle sus planes sobre Puebla. "Solo me agobia y entorpece mis planes la falta de recursos pecuniarios en que me encuentro, pues, escasa mi hacienda y aumentada la fuerza, los trabajos cada día son mayores". Pero no le pedía nada —solo le informaba: "Veré lo que hago para tener lo preciso y ver lo menos que gravo al pueblo". Unos días más tarde redactó también el parte de la toma de Oaxaca, que dirigió a su vez al ministro de Guerra de Juárez. "El pueblo que quiere ser libre, lo es", afirmó, subrayando todas las palabras. "Al dar cuenta al ciudadano presidente con esta nota, le suplico tenga la bondad de felicitarlo a mi nombre, el de los buenos mexicanos que me enorgullezco de mandar y de los pueblos de este estado, donde vio la primera luz, que es libre ya". Don Benito habría de leer ambos documentos —la carta y el parte— un mes más tarde, en la ciudad de Chihuahua, donde radicaba por esos tiempos. "Me parece excelente", escribió entonces a su yerno, feliz con la noticia. "Díaz es un buen chico".

*Investigador de la UNAM (CIALC)
ctello@milenio.com

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