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Lunes , 15.10.2018 / 16:54 Hoy

Carta de viaje

Maduro frente al espejo de Chávez

Carlos Tello Díaz

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En 2013, Nicolás Maduro heredó el poder de manos de Hugo Chávez. Vive desde entonces bajo su sombra, aunque es en realidad un personaje muy distinto, en muchos sentidos, sobre todo en el relativo a su legitimidad. Chávez era electo, mal que bien. Maduro no ha podido serlo: ha tenido que ser impuesto.

Chávez llegó a las elecciones de 2012, celebradas unos meses antes de su muerte, luego de ganar las de 1998, las de 2000, las de 2004 y las de 2006. Estaba más débil que nunca: enfermo de cáncer, desgastado por el poder, atribulado por la inflación, golpeado por la crisis de inseguridad que hizo de su país uno de los más peligrosos del mundo. Su contrincante era un candidato joven y atractivo, que hacía imaginable la victoria de la oposición: Henrique Capriles. Pero Chávez volvió a ganar, por cerca de un millón y medio de votos. ¿Por qué? En parte por su talento político y su carisma personal: conservó su sentido del humor, convirtió su enfermedad en una prueba de fe y de sacrificio, que generó empatía. En parte por el buen balance social de su gobierno, que durante 14 años en el poder logró que la bonanza de los petrodólares llegara también a los barrios más pobres del país, con misiones de salud, educación y vivienda (entidades autónomas, como la Unesco, demostraron que la revolución bolivariana bajó el desempleo, bajó la mortandad infantil, bajó el analfabetismo y bajó la pobreza extrema). En parte por el trabajo que hizo a su favor la maquinaria electoral del Partido Socialista Unido de Venezuela, que abarcaba toda la burocracia del Estado. En parte por su omnipresencia en los medios de comunicación (tuvo en la televisión ocho veces más presencia que Capriles). Y en parte también por el miedo, porque los cerca de 9 millones de venezolanos que trabajaban para el Estado tenían miedo de perder su empleo si no era electo el comandante supremo de la revolución bolivariana. Todo esto quiere decir que había buenas razones para votar contra Chávez, por supuesto, pero que también había buenas razones para votar por Chávez.

Es muy distinto el caso de Maduro. En la elección del domingo pasado estuvo presente la maquinaria electoral del Estado, la inequidad de los medios, y también el miedo. Pero Maduro no tenía nada a cambio que ofrecer, ni talento ni carisma, ni un balance social remotamente positivo en su gobierno. Todo lo contrario. Fue una elección en la que estaba prohibida la participación de los principales opositores al régimen, que llamaron por eso a boicotearla. La abstención fue enorme: votó solo 33 o 46 por ciento del padrón, dependiendo de la fuente. Y muchos, sobre todo los más pobres, votaron por miedo a perder los beneficios que les da su carnet de identificación, escaneado durante los comicios. “Elección impecable”, dijo Maduro, que invitó a la oposición a “un gran diálogo nacional”. ¿Cómo puede ofrecer diálogo a la oposición —desgastada y fracturada— cuando sus principales líderes están en prisión, sufren arresto domiciliario o han tenido que buscar refugio en el extranjero? Me alegra saber que México declaró que no reconocería los resultados de la elección en Venezuela, junto con países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Perú. Sé que Cuba, Bolivia y El Salvador, y también China, aplaudieron la reelección de Maduro. Supongo que Meade y Anaya serían contrarios a reconocer esa elección. Y me pregunto cuál sería la postura de López Obrador.

*Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com


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