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Sábado , 22.09.2018 / 13:05 Hoy

Carta de viaje

Jueves Santo

Carlos Tello Díaz

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El Jueves Santo, como éste, los cristianos recordamos la última cena y rememoramos la agonía en el huerto de Getsemaní, que precede la traición de Judas y el calvario en el Gólgota, el nombre de la colina donde ocurrió la crucifixión de Jesús. Esa es la imagen a la que le rezamos los cristianos: la de un hombre que sufre en la cruz. Ninguna otra religión le otorga al dolor la importancia que le damos nosotros.

Los musulmanes no creen en la crucifixión de Jesús, a quien aceptan, sin embargo, como profeta distinguido de Dios, junto con Noé, Abraham, Moisés y Mahoma. Piensan que la doctrina de la crucifixión es contraria a la justicia y la misericordia divina. Para los cristianos, en cambio, es un acto de amor, el más alto: Jesús sufrió y murió en la cruz por amor a los hombres, para redimirlos de sus pecados frente a Dios. Es una idea extraña que está, sin embargo, en el corazón de nuestra religión. La iconografía cristiana tiende a sublimar la cruz, hasta hacer imperceptible el dolor y el sufrimiento. Pero el símbolo de la cruz pervive: el dolor como la expresión más alta del amor.

Hace unos años, Mel Gibson dirigió una película, estrenada en México durante la Semana Santa, sobre las últimas 12 horas en la vida de Jesús de Nazareth, desde su detención en el huerto de Getsemaní hasta su muerte en el Gólgota. La Pasión era, de acuerdo con él, “un testamento del infinito amor de Jesús”. Esa forma de ver el amor marca profundamente nuestra cultura, la judeo-cristiana. El papel fundamental que el sufrimiento desempeña en ese amor lo vuelve radicalmente diferente al que conciben, por ejemplo, las civilizaciones en Oriente. “El culto del amor en Occidente”, escribía Susan Sontag, “es un aspecto del culto al sufrimiento —el sufrimiento como el supremo aval de la seriedad de un acto (el paradigma de la Cruz)”. El amor es grande en la medida en que estamos dispuestos a sacrificarnos por él. Una idea extraña y misteriosa, cuya génesis trató de explicar Denis de Rougemont, escritor francés de origen suizo, en su libro clásico El amor y Occidente. “La perfección del amor”, escribió en ese libro Denis de Rougemont, “es morir por amor”. Todos los grandes amores de Occidente —los de Abelardo y Eloísa, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta— tienen ese sello, están marcados por el paradigma de la Cruz. Son amores perfectos porque los amantes, ambos, mueren por amor. Ilustran algo que es, en verdad, un misterio: el amor recíproco desdichado.

Los antiguos griegos no daban el valor que damos nosotros al sufrimiento —es decir, a los méritos y beneficios espirituales del sufrimiento—. Todo lo contrario: consideraban ese dolor una forma de locura que había que combatir y repeler, porque era contraria a la armonía. Pero nosotros no somos, en el tema del amor y del dolor, herederos de la filosofía griega, sino de la teología cristiana, como lo demuestra nuestra literatura. Nos convence el amor que sienten Emma Bovary y Anna Karenina, porque a las dos las mata. Su amor es, en el fondo, una pasión, un sentimiento indisociable del dolor. El amor y el dolor están unidos. Así lo recordamos todos los años en los días como éste, al evocar la Pasión de Cristo.

*Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com

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