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Sábado , 21.07.2018 / 15:22 Hoy

Carta de viaje

Guerra contra los apaches

Carlos Tello Díaz

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Terrazas no es de Chihuahua: Chihuahua es de Terrazas. Así decían en el siglo XIX del general Luis Terrazas, el terrateniente más grande de México. Pero Terrazas, antes de ser el latifundista más grande del país, y tal vez del mundo, fue un soldado que luchó contra los conservadores, contra los imperialistas y contra los apaches de Chihuahua. Así lo descubrí en el libro que escribió Héctor Chávez Barron, Luis Terrazas, publicado por la editorial Clío. Lo evoco hoy a propósito del debate que ha tenido lugar estos días la guerra de exterminio que sufrieron los yaquis de Sonora y los mayas de Yucatán en el siglo XIX. Hubo una guerra más, apenas conocida: la que sufrieron los apaches de Chihuahua.

Los más encarnizados enemigos de Luis Terrazas —nombrado general por Juárez, a quien protegió durante la Intervención— no fueron los conservadores ni los imperialistas: fueron los apaches de Chihuahua. Los apaches que asolaban a los pueblos, reducían a escombros las haciendas y los ranchos, robaban a los animales, mataban a los hombres y raptaban a las mujeres y a los niños porque habían sido cercados por los blancos: sin tierras, sin animales, sin nada, estaban reducidos al pillaje. Me quiero detener en esta historia, poco conocida en México, pero real, a la que arroja luz el libro de Chávez Barron.

En Chihuahua no hubo mestizaje, como en la mayoría del país: hubo aniquilación, es decir, el desplazamiento brutal y radical de un pueblo por otro pueblo y de una cultura por otra cultura. El pueblo mestizo y la cultura occidental desplazaron al pueblo indio y a la cultura nómada. “Los estados del norte y particularmente Chihuahua”, dice Chávez Barron, “fueron actores en esta guerra que significó la última expansión occidental en el Nuevo Mundo”. La guerra a muerte contra los apaches duró más o menos 50 años, desde 1830 hasta mediados de la década de 1880. Incluye los gobiernos de Benito Juárez (1858-1872), Sebastián Lerdo (1872-1876), Porfirio Díaz (1876-1880) y Manuel González (1880-1884). En el origen estaba la decisión de las autoridades locales de cancelar el subsidio alimenticio de los apaches por disposición del gobierno federal, subsidio que existía desde la guerra más reciente contra los indios del norte. Muy pronto, el estado quedó devastado por las hostilidades, al grado que, al igual que Yucatán durante la guerra de castas, cobró fuerza entre sus habitantes el ideal de los separatistas: abandonados por el gobierno del Centro, buscaron la protección de la Unión Americana. “Chihuahua, por conservarse, romperá los vínculos que lo ligan a la Federación y se unirá a los Estados Unidos de Norteamérica, que le garantizarán su seguridad saliendo de la ruina en que lo sume la guerra contra los bárbaros”, escribió en 1834 el Periódico Oficial del Estado de Chihuahua. Chihuahua estaba tan lejos de la capital que la independencia de España fue celebrada un año después de ser consumada en México.

La guerra contra los apaches comenzó al año del nacimiento de Terrazas, cuya vida transcurrió a la sombra de la lucha a muerte contra los bárbaros que bajaban a Chihuahua. En 1853, a los 24 años, “su nombre aparece en una lista de voluntarios para el pago de cabelleras de indios”. En 1863, a los 34, ya como gobernador, a punto de recibir a Juárez, escribe a un amigo una carta sobre los apaches que asolan los pueblos, las haciendas y los ranchos. No son otra cosa más que “hordas destructoras e insaciables de sangre y pillaje”, exclama, para después ir al grano: “Estoy persuadido de que ese enemigo de toda civilización, feroz y sanguinario más bien por carácter que por ignorancia, solo cederá ante la fuerza material, único medio de reducirlo a la impotencia de continuar sus abominables depredaciones”. Así iba a ser.

ctello@milenio.com

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