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Lunes , 15.10.2018 / 17:19 Hoy

Carta de viaje

EU vs. México/ III

Carlos Tello Díaz

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Manuel María de Zamacona es hoy apenas recordado. Era poblano, pero no existe una plaza, una calle, un callejón con su nombre en la ciudad de Puebla. Estas líneas quieren ser también un homenaje mínimo. Zamacona era un hombre de alta dignidad, intachable, con años de experiencia, canciller de Juárez en los días anteriores a la Intervención, representante de Lerdo en la Comisión Mexicano-Norteamericana de Reclamaciones, senador y magistrado de la Suprema Corte en tiempos de Díaz. Conocía al pueblo con el que iba a vivir —su idioma, sus costumbres— tras haber residido durante varios años en Washington. Todo ello lo preparaba para la tarea que ahora le confiaba el presidente de México. La cancillería pidió al Senado autorización para contar con sus servicios. Después le dio estas instrucciones, firmadas por el canciller Ignacio L. Vallarta: “El señor Zamacona no tendrá carácter oficial ni diplomático alguno y se presentará sólo como agente particular o confidencial del gobierno. Con este carácter confidencial, el señor Zamacona procurará, aprovechando sus relaciones en los círculos oficiales, diplomáticos y particulares de aquel país, buscar la solución más satisfactoria a las dificultades pendientes entre los dos países; ilustrar la opinión pública americana respecto de la actual situación de la República en general y en especial de la frontera; hacer comprender la conveniencia mutua de ambos países en arreglar bajo bases convenientes las presentes dificultades, sin pretender por parte de los Estados Unidos ventajas injustas que México no concederá”.

Zamacona emprendió la tarea de ilustrar a los americanos sobre México. Para ello hizo uso de la democracia en los Estados Unidos. En defensa de su país habló con los miembros de la oposición en el Capitolio. Aprovechó también los espacios abiertos en los diarios que eran hostiles al presidente Hayes, como The New York Herald, uno de los más influyentes en el país. Estuvo presente en el parlamento y en la prensa, y también en la tribuna. Dio conferencias en cámaras de comercio, consejos de empresarios, sindicatos, comunidades de pastores y, en fin, sociedades de beneficencia. Apeló al interés de los empresarios americanos. Intervino con audacia en la política de su país. “Muchos asuntos aquí caminan a paso lento aunque por buen camino”, le escribió en 1878 al presidente Díaz. “La opinión dominante en el país, nos es favorable; nos lo es también la opinión parlamentaria”. Zamacona era no solo el actor más importante, sino también el coordinador de un grupo de publicistas que cabildeaban en Estados Unidos a favor del gobierno de México. Uno de ellos era William Pritchard, inglés residente por años en Oaxaca, el primero en explorar yacimientos de petróleo en México, que trabajaba a sueldo del gobierno bajo las instrucciones de Vallarta. Desde San Francisco de California, donde residía, daba conferencias sobre las posibilidades que México ofrecía al comercio, la industria y la minería de Estados Unidos. Estaba en contacto con los miembros del Congreso. También con la prensa del país. Escribió un artículo elogioso de Díaz para The International Review, retomado más tarde por autores de renombre como Charles Edwards Lester, quien publicó el libro The Mexican Republic, cuyos 5 mil ejemplares llegaron a manos de todos los diputados, senadores, periodistas, financieros, empresarios y comerciantes de Estados Unidos. El gobierno podía estar satisfecho. Su estrategia de comunicación fue un éxito.

¿Cuál es el final de la historia?

*Investigador de la UNAM (Cialc)

ctello@milenio.com

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