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Jueves , 13.12.2018 / 13:13 Hoy

Carta de viaje

El general Ignacio Mejía

Carlos Tello Díaz

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 Para Juan Carlos y Anna Sophia Domenzain

Leo en MILENIO, esta semana, que un hombre fue detenido por intentar robar una estatua de bronce en el Paseo de la Reforma. Su intención era, según la nota, “venderla por kilo en los fierros viejos”. La estatua representaba “la figura del general Ignacio Mejía Fernández de Arteaga”. Una de las muchas que fueron colocadas por el Gobierno del Distrito Federal a principios de la década de los ochenta del siglo XIX. El general Ignacio Mejía, ministro de Guerra del presidente Juárez durante la lucha contra la Intervención y el Imperio, y en los años que sucedieron al triunfo de la República, y ministro también del presidente Lerdo de Tejada. Quizás el ministro de Guerra más importante en la historia de México. Hoy pocos lo recuerdan.

Mejía nació en 1814 en Oaxaca, hijo de un teniente coronel que entró al frente del Ejército Trigarante a Ciudad de México. Aprendió a leer con su padrino, un cura de la Sierra de Zimatlán. Estudió en el Seminario Conciliar y en el Instituto de Ciencias y Artes, como Benito Juárez, Porfirio Díaz y Matías Romero. Combatió la invasión de los yankees al lado del general Antonio de León, con quien tuvo una entrevista antes de la batalla del Molino del Rey. “Me ordenó marchar al día siguiente para Oaxaca, a entregar al gobierno su informe”, recordó Mejía. “Al despedirme me dio un abrazo y me dijo que no nos volveríamos a ver. Al preguntarle que por qué razón, me contestó: Porque en esta campaña debe uno morir”.

En 1858, durante la guerra de Reforma, Mejía asaltó con las fuerzas liberales la plaza de Oaxaca. Fue alcanzado por un tiro en el pecho frente a la Catedral. Pero la bala no lo mató, pues quedó enredada entre los pliegues del jorongo que llevaba puesto. Repuesto del susto, ordenó el asalto contra las fuerzas que permanecían en el Palacio de Gobierno, encabezado por el capitán Porfirio Díaz. Fue una batalla cruel. “En el patio de Palacio corría la sangre”, escribió, “hasta el grado de haberse empapado en ella la suela de mis zapatos”.

Al comenzar la Intervención, una tragedia diezmó a las fuerzas de Mejía en San Andrés Chalchicomula. Estallaron 460 quintales de pólvora. “Presencié un espectáculo horroroso que me desgarró el corazón”, le dijo a Juárez. “Los soldados que tantos años me acompañaron, combatiendo por la libertad, yacían bajo los escombros del edificio de la colecturía”. Murieron destrozados por la explosión mil 42 soldados y 475 soldaderas. Mejía sirvió después a la victoria del 5 de mayo. Estuvo presente en el sitio de Puebla. Vivió prisionero en Francia. Estaba en Inglaterra cuando supo la noticia del suicidio de su hijo en Oaxaca. Viajó a Nueva York, donde siguió por tierra hacia Santa Fe, para ver a Juárez en Chihuahua. Fue su ministro de Guerra. Redujo el Ejército de 70 mil a 20 mil hombres al triunfar la República. Aplastó la rebelión de La Noria y enfrentó la rebelión de Tuxtepec. Justo Sierra, que lo conoció, lo retrató así: “Conocedor penetrante de las personalidades importantes en la enorme masa armada que había triunfado, afable y persuasivo, accesible a la adulación, aunque inflexible y duro en el fondo”.

Investigador de la UNAM (CIALC)
ctello@milenio.com

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