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Carta de viaje

El eclipse americano

Carlos Tello Díaz

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El 21 de agosto, un eclipse total cubrirá el territorio de Estados Unidos, desde los bosques de Oregon hasta la costa de Carolina del Sur, después de atravesar en toda su extensión las Grandes Planicies. Su franja, con una anchura de 115 kilómetros, pasará del oeste hacia el este por 14 estados de la unión. Alrededor de 7 millones de personas viajarán a esa franja del país, donde por cerca de tres minutos será total el alineamiento del Sol, la Luna y la Tierra. Habrá admiración, y también confusión y desabasto. ¿Qué más será, para el país, el Gran Eclipse Americano?

La palabra eclipse viene del griego ékleipsi, que tiene en su raíz el sentido del abandono. El Sol, que es luz y vida, nos abandona por un instante. Ese solo hecho explica por qué los eclipses fueron vistos con temor desde la antigüedad. Y por siglos y siglos. Para Shakespeare, eran una mancha en el Sol que no traía nada bueno; para Milton, una luz negra, similar a la que emanaba Lucifer. Fueron siempre signos ominosos, al grado de que, hoy todavía, las bolsas suelen caer durante los eclipses. ¿Qué ocurrirá esta vez? “El Gran Eclipse Americano obscurecerá los cielos de este país en una hora extraña de su historia”, escribe Ross Andersen en un artículo en The Atlantic, “cuando quien ocupa el cargo más alto expresa admiración por reyes todopoderosos… Debería observar con más cuidado las señales. Los eclipses a menudo traen desgracias a los reyes”. El que tendrá lugar el 21 de agosto será desastroso para Trump, afirman todos los astrólogos de Estados Unidos, entre ellos Rebecca Gordon, quien en Harpers Bazaar da sus razones esotéricas y mágicas de lo que significa el eclipse para la presidencia y para Trump.

El eclipse americano ha sido tema de debate desde hace muchos años. Francis Fukuyama y Fareed Zacaria, Joseph Nye y Paul Kennedy, entre muchos otros, escribieron al respecto. Ahora es una realidad. El presidente que decía que haría grande de nuevo a su país, lo ha empequeñecido. En el exterior ha renunciado a su liderazgo; en el interior ha desunido a su pueblo, exacerbando las divisiones entre los ricos y los pobres, los blancos y los negros, los hombres y las mujeres. Cuando los estadunidenses despierten de su pesadilla, el mundo ya no será el mismo. Estados Unidos habrá perdido su preponderancia entre las naciones: la militar que ejercía sobre todo por medio de la OTAN, la ecológica que tenía como contexto el Acuerdo de París, la comercial que estaba enmarcada en los tratados para el Pacífico y para América del Norte. Junto con los costos implícitos en el liderazgo mundial, habrá perdido también todos sus beneficios, los tangibles y los menos tangibles. Y cuando despierten los estadunidenses, su país, no solo el mundo, habrá también cambiado para siempre. Será un país más dividido, más racista y más violento. En estos días, Trump ha mostrado ser el presidente de los neonazis de Charlottesville. Quizá no sea tan sorpresivo: su padre, Fred Trump, fue arrestado en 1927 en una reunión del Ku Klux Klan en Queens, según el periodista David Cay Johnston en su biografía The making of Donald Trump.

Sus expresiones, ahora, han sido confrontadas por dos ex presidentes republicanos, por los empresarios que lo apoyaban en sus consejos, por varios de los senadores de su partido, por los jefes del Pentágono. Pero la pesadilla sigue y sigue y, con ella, el eclipse americano.

*Investigador de la UNAM (Cialc)

ctello@milenio.com

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