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Miércoles , 20.06.2018 / 01:16 Hoy

Carta de viaje

El café en Oxford

Carlos Tello Díaz

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Balliol College, el colegio donde estudié en Oxford, acaba de celebrar su 750 aniversario. Es uno de los colegios más viejos de la universidad (¡fue fundado en el siglo XIII, antes de la fundación de Tenochtitlán!), honor que disputa con dos o tres colegios más. A lo largo de su larga historia vio ocurrir un episodio que celebra este año, a su vez, su aniversario número 375. La historia me encantó y la quiero aquí compartir:

En 1639, Nathaniel Conopius, originario de Creta, ortodoxo de religión, primore del patriarca Cirilo de Constantinopla, llegó a Balliol College, Oxford. Su protector, el patriarca, acababa de ser estrangulado por orden del gran visir del Imperio Otomano. Para evitar ese destino, Conopius huyó a Inglaterra, donde el arzobispo de Canterbury lo mandó a Balliol. Su paso por el colegio trascendió por la razón que dio un libro publicado en Londres en 1813: “Durante su estancia en Balliol College fue observado hacer para su propio uso la bebida llamada café, que normalmente tomaba cada mañana, siendo así el primero que lo bebió en Oxford”. Nathaniel Conopius, al parecer, fue también el primero que lo bebió en Inglaterra. ¿Cuál era su origen?

Al principio, la planta crecía lejos de los hombres, en las tierras más altas del suroeste de Abisinia. Los pastores que salían a la montaña notaban que sus cabras reaccionaban excitadas al comer aquellos granos, abundantes en la región de Kaffa. Ellos mismos los mezclaban a veces con grasa de animal para comer durante sus peregrinajes.

En el siglo VI, el café empezó a ser cultivado en las colinas del norte de Yemen. Los sufíes lo usaban en sus ritos para vencer el hambre, mantener despiertos los sentidos y provocar el trance que los unía con la divinidad. Fueron ellos, siglos más tarde, quienes primero tostaron y trituraron el grano —en Moka, un puerto de Yemen en el mar Rojo— y quienes lo propagaron después a las ciudades que lo habrían de consagrar: Damasco, La Meca, Estambul y El Cairo.

El café que bebían los árabes era un líquido espeso, oscuro, caliente y amargo —una droga religiosa, pero también una bebida social que fundió su nombre con los sitios de reunión en que la gente lo consumía: el café. Ahí, los hombres tenían oportunidad de convivir con otros hombres, lejos de sus casas y sus mujeres: leían historias, escuchaban canciones, jugaban ajedrez, solicitaban prostitutas y discutían temas prohibidos. Por esa razón fue suprimido por los sultanes de Turquía, que concibieron un castigo exquisito y ejemplar para los vendedores de café, los cuales, sorprendidos en flagrante, eran metidos en una bolsa de cuero zurcida por afuera, para ser después arrojados en el Bósforo. Hasta que el mismo café los derrotó.

Los venecianos introdujeron el gusto por el café en el sur de Europa, un gusto que más tarde, a mediados del siglo XVII, llegó también al norte, a Londres y a París, y después a Viena. En un principio era utilizado como medicina para combatir la gota y el escorbuto, pero muy pronto adquirió prestigio como bebida entre las clases más acomodadas de la sociedad, que compraban el grano a precios muy altos en los mercados de Moka. Los holandeses terminaron con ese monopolio cuando, en el año de 1699, sembraron cafetales en la isla de Java, varios de cuyos retoños fueron enviados después al Jardín Botánico de Amsterdam. Nada más uno logró resistir el viaje, pero con él bastó: sus semillas fueron adquiridas más tarde por todos los invernaderos de Europa.

Entonces sucedió el milagro.

El capitán Gabriel Mathieu de Clieu era un oficial de la armada de Francia que residía en la isla de Martinica. En 1723 hizo un viaje a su país, donde luego de un sinfín de trámites pudo obtener uno de los cafetos que los botanistas del rey atesoraban en el Jardín de Plantas de París. Durante su regreso por el Atlántico, a lo largo de un mes de travesía, el joven capitán compartió su ración de agua con aquella planta, en la que había fundado, dijo, “mis más felices esperanzas”. La planta tuvo suerte: sobrevivió la travesía para crecer y prosperar en Martinica, y para luego morir con una descendencia larga y venerable en toda América. Hoy sabemos, en efecto, que la mayoría de los cafetos que poblaron el continente nacieron de sus semillas, entre ellos los que en 1790 llegaron al sureste de México.

ctello@milenio.com

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