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Carta de viaje

De la autoflagelación

Carlos Tello Díaz

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“Nos autoflagelamos”, dijo el presidente Peña Nieto esta semana en Los Pinos, durante un encuentro con miembros de la Asociación Nacional de Usuarios de Riego (ANUR). “Nos autoflagelamos… Creo que hay que darle justa dimensión a lo que sí tenemos”. Sus palabras son el último de sus intentos para tratar de convencernos de que, así como mucho tenemos que lamentar, mucho tenemos también que celebrar en México. En vísperas de los comicios para elegir a los Poderes de la Unión, los éxitos de su gobierno —en particular el esfuerzo de negociación con todos los partidos para impulsar una agenda de reformas muy ambiciosa— han sido opacados, al grado de que no son ya visibles, por los fracasos y las complicidades de su administración, asociados sobre todo con la reaparición de la violencia y el estallido de la corrupción en prácticamente toda la República. La realidad del país es compleja: tiene luces y sombras, pero la percepción es uniforme: todo el mundo piensa que estamos muy mal. No reconocemos, en efecto, lo que sí tenemos. Eso es peligroso porque, si no lo valoramos, si ni siquiera lo percibimos, podemos perderlo.

Recordaba hace tiempo, en un artículo, al filósofo irlandés George Berkeley, destacado pensador de principios del siglo XVIII, que sostenía la doctrina de que el mundo que conocemos existe nada más porque es percibido. No es posible conocer el objeto que causa nuestras percepciones, decía. Todo lo que podemos conocer de un objeto es la percepción que tenemos de él. Una flor existe porque la podemos ver, oler, sentir —no tiene una existencia objetiva más allá de estas sensaciones, que son subjetivas—. En Los principios del conocimiento humano, su obra más importante, resumió su pensamiento con una frase que sería célebre: esse est percipi —existir es ser percibido.

La filosofía de Berkeley es relevante para la política. Porque lo que mueve a las masas no son las cosas, sino su percepción de las cosas. La realidad del país, repito, es compleja, pero la percepción que domina es uniforme: estamos mal, muy mal. Así lo deja ver sin ambages el retrato de los mexicanos que publica Nexos este mes, a partir del estudio realizado por las empresas LEXIA y GAUSSC. ¿Dónde considera

usted que se encuentra el país? El 64 por ciento responde que en el mal camino; 36 por ciento contesta que en el buen camino. Al mismo tiempo, según el estudio, México es un país que tiene todo para salir adelante (según 74 por ciento de los encuestados). ¿Qué significa esto? Significa que la inmensa mayoría de los mexicanos cree que, pudiendo estar bien, el país está mal. ¿Por qué? No hay que escarbar mucho para dar con la respuesta: porque el pueblo es bueno, pero la élite que lo gobierna es mala.

Esta forma de pensar, común hoy a la mayoría de los mexicanos, hace que el discurso populista sea muy atractivo. El populismo identifica dos grupos antagónicos: el pueblo (que es puro) y la élite (que es corrupta), y tiene por objeto implementar la voluntad del pueblo. El populismo, así definido, está opuesto al pluralismo, que rechaza las visiones monistas y maniqueas de la sociedad, tanto del populismo (que defiende al pueblo frente a la élite) como del elitismo (que privilegia a la élite frente al pueblo). El pluralismo reivindica, justamente, la pluralidad. Al hacerlo, problematiza la realidad, a diferencia del populismo, que la simplifica. La realidad es compleja. Tenemos mucho que lamentar, pero también tenemos mucho que celebrar en México.

*Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com

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