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Domingo , 21.10.2018 / 05:52 Hoy

Carta de viaje

Contra los automóviles

Carlos Tello Díaz

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Hoy en día se fabrican en el mundo alrededor de 65 millones de autos al año, según la Organización Internacional de Constructores de Automóviles. Es irónico porque nunca, como ahora, han vivido tantas personas en el planeta y nunca, como ahora, han utilizado tanto el automóvil, ideado para satisfacer las necesidades de transporte del individuo, no de las masas, que son cada vez más grandes. Es irónico y es trágico.

A principios del siglo 20, la Ciudad de México tenía medio millón de habitantes y apenas unos cuantos cientos de automóviles, que convivían con los peatones, los caballos y los tranvías. Hacia mediados del siglo, durante los 50, había ya 4 millones de habitantes y alrededor de 60 mil vehículos, los suficientes para que el regente de la ciudad, Ernesto Uruchurtu, tomara la decisión de construir el Periférico y el Viaducto, no obstante que existía ya la propuesta de un tren metropolitano para la capital, el Metro, hecha por el ingeniero Bernardo Quintana, fundador de ICA —propuesta que finalmente fue aceptada por el presidente Díaz Ordaz, quien la impulsó con la ayuda técnica y financiera del gobierno de Francia—. Pero su decisión no cambió la tendencia: el transporte individual siguió siendo privilegiado sobre el colectivo. Así pasó durante los 70, en tiempos del regente Carlos Hank González, con la construcción de los llamados Ejes Viales, y así sucedió durante los 90, en tiempos del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, con la obra de los llamados Segundos Pisos. Al finalizar el siglo 20 había 3 millones de automóviles que circulaban todos los días por las calles de la capital de México. Hoy son más de 7 millones. ¿Qué sucedió? La capital no tenía un sistema de transporte colectivo satisfactorio, porque apoyó siempre al automóvil, así que al empezar el siglo 21, en un contexto de estabilidad de precios y disponibilidad de créditos, fue cada vez más fácil, para cada vez más gente, adquirir un automóvil.

El crecimiento del automóvil no ha resuelto el problema del transporte. Al contrario, lo ha agravado, por los embotellamientos que provoca. "Se estima que una persona invierte 3.5 horas al día en trayectos, considerando todos los viajes diarios que realiza", afirma un artículo de Stephanie Ochoa publicado hace un año en MILENIO, a partir de un informe de ONU-Hábitat. Y la parálisis puede empeorar, si sigue la tendencia: un ritmo de crecimiento similar puede significar que en seis años tengamos alrededor de 13 millones de automóviles registrados en la Ciudad de México.

"Los autos", escribió Gabriel Quadri en Letras Libres a fines de 2009, cuando había 5 millones de automóviles, no 7, "contribuyen con cerca del 82 por ciento de las emisiones de uno de los contaminantes atmosféricos más importantes en el ambiente urbano (los óxidos de nitrógeno)". También son responsables de la destrucción de la ciudad, demolida para construir ejes viales, periféricos, estacionamientos y segundos pisos. "Las vialidades al servicio de los automóviles", confirma Quadri, "ocupan más de la tercera parte de toda la superficie urbana". Sin embargo, los autos pertenecen a una minoría: "20 por ciento de la población de mayores ingresos posee 50 por ciento del parque vehicular". Es un aspecto más de la desigualdad en México. Todos los que tenemos autos somos responsables de esta tragedia: contribuimos a la destrucción de la ciudad, a la exclusión social y a las emisiones de gases de efecto invernadero que hay en el país. El Estado debe desincentivar el uso del automóvil: hacer lo contrario de lo que ha hecho. Pero podemos convertirnos, también, en el cambio que deseamos ver. Una solución al alcance de todos nosotros es usar menos el automóvil, caminar más, andar en bicicleta, utilizar el Metro. No es fácil.


ctello@milenio.com

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