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Domingo , 21.10.2018 / 03:31 Hoy

Al Derecho

Trump el obsesivo

Carlos A. Sepúlveda Valle

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En el libro Trump el arte de la negociación que escribió –o que le escribió Tony Schwartz- hace treinta años, el hoy presidente se describe como un hábil negociador. “La negociación la entiendo como un arte. Que otros pinten magníficas telas o escriban poesías maravillosas. A mí me gusta hacer negocios, preferiblemente grandes negocios. Ésa es mi vocación”.

Al describir sus habilidades como negociador afirma: “Mi estilo de trabajo sorprende a muchos. Lo llevo con soltura, no uso portafolios, procuro no programar demasiadas reuniones, dejo abierta la puerta del despacho, prefiero acudir a la oficina todos los días, a ver qué pasa”.

Narra con minuciosidad sus actividades durante una semana de trabajo (en 1987), la primera impresión que resulta de leer esto es que se trata de un tipo muy presuntuoso, intensamente activo, sumamente relacionado, metido en un montón de temas, siempre en líos jurídicos ya sea atendiendo audiencias, presentando demandas o apelaciones para defenderse de los bancos, tratar de fregar a sus socios, contratistas, proveedores o clientes, o bien, haciendo transas o pidiendo favores a sus amigos del Partido Demócrata en Nueva York.

De las muchas negociaciones que cuenta llama la atención su proyecto de un posible negocio de construcción en Moscú (desde entonces) y cuando presume la magnífica operación que hizo al haber adquirido la residencia de “Mar-a-Lago”, una finca de ocho hectáreas y 118 habitaciones que compró en ocho millones de dólares (se supone que en 1985 valía más de treinta millones).

En el capítulo “Trump es triunfo: los elementos de la negociación” define y explica lo que él entiende por negociar: “Mi estilo en la negociación es bastante sencillo y llano. Apunto muy alto, y a partir de ahí todo es tirar y tirar hasta que consigo lo que quiero. A veces me conformo con menos, pero en muchos casos, al final y pese a todo, logro lo que me había propuesto”. Agrega, “opino que la de la negociación es una facultad innata. Está en los genes. No lo digo por soberbia, no es cuestión de intelecto, algo de inteligencia sí se necesita, pero lo más importante es el instinto”.

Apunta: “Me gusta pensar a lo grande, siempre lo hago. Para mí es muy fácil: puesto que hay que pensar de todas maneras, mejor que sea a lo grande”. “La gente cree que soy un jugador. Nada más lejos de eso, un jugador es el que mete monedas en las máquinas. Yo prefiero ser dueño de las máquinas, la banca siempre gana”.

Trump afirma: “El dinero nunca ha representado un móvil demasiado importante para mí, a no ser como estímulo. La verdadera emoción consiste en jugar la partida. No pierdo mucho el tiempo en meditar si debería haber obrado de otra manera o sobre lo que va a pasar después”.

Trump se define: “Ya de niño, en la escuela primaria, me mostré muy activo y agresivo. Incluso le puse el ojo a la funerala a un maestro: le pegué al profesor de música porque me pareció que no entendía nada de la materia, y casi conseguí que me expulsaran. No lo cuento porque esté orgulloso de lo que hice, sino como demostración de que siempre he tendido a propugnar mis opiniones de manera más bien contundente. Sólo que hoy prefiero emplear el cerebro en vez de los puños”.

Añade, “en el vecindario fui una especie de caudillo. Como sigue ocurriendo actualmente (hace treinta años), concitaba adhesiones incondicionales o antipatías no menos incondicionales. Era muy apreciado en nuestra pandilla, de la que tendía a convertirme en jefe. Durante la adolescencia fui muy bullicioso; por algún motivo, me gustaba crear agitación y poner a prueba a los demás. Yo era de esos que arrojan bolsas de agua al patio y bombas fétidas en clase, y que arman follón en las fiestas. No era cosa de malicia sin más bien de agresividad”.

El pasaje que seguramente refleja mejor el tipo de persona que es lo cuenta el mismo Trump: “… mi hermano Robert y yo estábamos jugando con unos bloques de madera, y a mí se me antojó construir una casa muy grande, pero resultó que no tenía bloques suficientes y le pedí a Robert que me prestara los suyos. Él aceptó, con tal que se los devolviera cuando hubiera terminado. Así que usé todos los bloques, pero cuando hube terminado la casa me pareció tan estupenda que no quise desmontarla y pegué todos los bloques con cola, por lo que Robert se quedó sin bloques”.

La presidencia de Trump se define como caótica, se dice que él es como un Tamagotchi, es además, berrinchudo, chiquiado, agresivo, irreflexivo, nunca piensa en las consecuencias de sus actos, y como lo demuestra en los hechos, nunca ha dejado de ser un obsesivo gandul.

csepulveda108@gmail.com

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