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Domingo , 21.10.2018 / 04:11 Hoy

Al Derecho

Conexión rusa

Carlos A. Sepúlveda Valle

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Al triunfo de la Revolución de 1917 las relaciones entre Rusia y Estados Unidos se vieron afectadas, este país siempre rechazó el régimen comunista, pero en 1933 restableció relaciones diplomáticas, y al decir de Andrei Gromiko, en ese entonces ministro de la embajada rusa en Washington y embajador de 1943 a 1946, Roosevelt y Stalin se entendían mutuamente.

Gromiko, que de 1947 a 1985 fue subsecretario y secretario de Relaciones Exteriores, y de 1985 a 1988 presidente de la URSS, señala en su libro Memorias (El País-Aguilar): “durante la era Roosevelt resultaba imposible contar el número de telegramas y cartas de simpatía y amistad que recibíamos los rusos en nuestra embajada y consulados, tanto de particulares como de todo tipo de organizaciones. Esto se debía, principalmente, a la actitud que había adoptado la Administración Roosevelt hacia la URSS, como víctima de la agresión nazi. Fue ese sentimiento el que Truman intentó sofocar, tergiversando la historia y burlándose de la simpatía recíproca entre los dos países”.

Después de la guerra las relaciones entre estas dos naciones pasaron por momentos de serias dificultades, en el periodo denominado guerra fría se construyó el muro de Berlín, se produjo la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, y nunca se comprobó, pero existieron dudas si la URSS había intervenido en el asesinato de Kennedy. Gromiko describe con lujo de detalles las reuniones, conversaciones e impresiones personales de su relación con los presidentes y algunos personajes que le tocó tratar en sus más de cincuenta años como diplomático, casi siempre reconoce que entre ellos existía simpatía y amistad.

En el libro En confianza (FCE), Anatoly Dobrynin, embajador de la Unión Soviética en Estados Unidos de 1962 a 1986, narra con crudeza y detalles indiscretos varios hechos en los que le tocó participar de manera directa. Al explicar las relaciones soviético-norteamericanas en los setenta, etapa que se conoce como détente, proporciona información política seria al mismo tiempo que anécdotas muy reveladoras.

Al hacer un relato de la visita de Brezhnev a Estados Unidos en junio de 1973 destaca la obsesión de éste por la red teléfonica directa que le pusieron con Moscú, su fascinación por el Lincoln Continental que le regaló Nixon (Dobryn dice que el mismo Brezhnev había hecho una sugestión de antemano por el canal confidencial), la forma acelerada como Brezhenev lo condujo en Camp David y que ambos mandatarios estuvieron a punto de golpearse la cabeza con el parabrisas al frenar de manera abrupta al tomar una curva.

Dobrynin revela que Nixon le obsequió un águila de cristal Steuben y que Brezhnev le dijo “quédese con ella”, yo le dije, me encantaría, pero que costaba mucho, “¿cuánto valdrá?”, “de 30,000 a 50,000 dólares, le contesté”, asombrado me dijo “devuélvamela”.

El embajador soviético hace una descripción fascinante de la visita al rancho de Nixon en San Clemente, California, platica que el día que llegaron Brezhnev no podía dormir y salió a respirar aire fresco, de pronto apareció Nixon quien le invitó un whisky, y agrega, Brezhnev se puso borracho, dio muestras efusivas de afecto, habló muy mal de algunos de sus estrechos colaboradores, esa “fue la situación más chocante en que me encontré en todos mis años de diplomacia”, reconoce Dobrynin.

Por si esto no fuera suficiente narra otro hecho igualmente esperpéntico, “a eso de las 2 de la madrugada, el guardia personal de Brezhnev, de pie junto a su dormitorio, en el patio frente al departamento de Nixon, vio abrirse la puerta de la habitación del presidente: su esposa Pat apareció en una larga bata de noche, con las manos extendidas hacia adelante y la mirada fija en la lejanía, al parecer en una especie de trance. Llegó hasta nuestro guardia y se detuvo, sin decir nada. El guardia intentó hacer que la señora Nixon regresara, pero ella se negó a moverse. El oficial de la KGB, tomó a la señora Nixon en brazos y la llevó a su dormitorio, la colocó en su cama, y precisamente en ese momento llegaron varios miembros del servicio secreto, hicieron unos gestos amistosos, sonrieron y le dijeron a nuestro hombre: “Muy bien, muy bien gracias”. No parecieron sorprendidos en lo más mínimo”.

Después de leer varias memorias y de observar la festiva fotografía (será histórica porque el único fotógrafo que la tomó en el Salón Oval fue un ruso) de Trump recibiendo al ministro ruso Lavrov y al embajador Kislyak, se comprueba que las reuniones entre los jerarcas ruso-estadounidenses son actos sociales en los que se alcanzan acuerdos mínimos, pero reflejan, una vez más, que la supuesta enemistad entre ambas potencias es una comedia no un drama ya que la conexión entre Rusia y Estados Unidos es indescifrable.

csepulveda108@gmail.com

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