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Duda razonable

Si el futuro se parece a Ana, sonrían

Carlos Puig

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Ana Baquedano tenía 17 años y tenía un novio. Novio de prepa. En esos días decidieron mandarse fotos. Ella le mandó una a él, él una a ella. Eran fotos sin ropa. Fotos íntimas, les dice Ana.

Como buena relación de prepa un día el noviazgo terminó y no terminó bien. Ana se quedó preocupada por aquella foto. Estudiaba en una escuela religiosa, en Mérida, que no es exactamente la ciudad más liberal del hemisferio. Buscó y buscó al ex novio para pedir la foto de regreso y nada. Ni una respuesta.

Un día se dio cuenta de que su foto ya andaba por donde no debía. Las miradas en la escuela, pintas en los baños insultándola, los cuchicheos a sus espaldas en algún restaurante, hasta que un día la foto, aquella que había mandado, apareció en algunas redes sociales y en un sitio yucateco de porno y en especial de pornovenganza que se llamaba Yucatercos.

Ana confiesa que los primeros días la pasó mal, muy mal. Pensó en el suicidio. Le pidió a su mamá, que aún no se enteraba de lo que estaba sucediendo, que la llevara a un sicólogo.

Y luego, algo pasó. Así lo cuenta Ana: “Decidí que nadie tenía derecho a contar mi historia, quién era yo, más que yo. Y me puse a contar la historia, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de escuela, a mis conocidos”. Y entre más contaba la historia, más víctimas de cosas similares le decían que a ella o a él también les había pasado. “Muchísimos más de los que nadie imagina”, me cuenta. “Y me di cuenta que yo ya no tenía miedo”.

Cinco años después, con ayuda de organizaciones ciudadanas yucatecas, gracias al esfuerzo incansable de Ana, se aprobó por unanimidad una ley que castiga la pornovenganza. “La niña de la foto”, aquel apelativo con la que la insultaban, hoy es el nombre de su iniciativa con la que se presenta con los directores de las redes sociales, con la que está trabajando por las víctimas e impulsando leyes similares a la yucateca en otros estados, con la que da conferencias para alertar, prevenir, concientizar. Se ha dado cuenta de que el problema es enorme y está oculto, nadie habla de él. Ana quiere que todos puedan mandar lo que uno quiera y que nadie tenga el derecho a hacerlo público sin consentimiento.

Ana tiene apenas 23 años, logró la aprobación de una ley, va por más y no puede dejar de sonreír.

Yo espero que más allá del primero de julio, el futuro esté lleno de Anas.

Twitter: @puigcarlos

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