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Viernes , 25.05.2018 / 19:02 Hoy

Los caminos no vistos

El cuenco vacío

Carlos Prospero

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En una conversación personal le comenté a mi editora que bajaba la cortina de mi changarro literario. De esa manera haría a un lado la angustia que me causaba sentarme a escribir.

Si fuera un escritor de academia o de taller no tendría ese desagradable sentimiento de incapacidad para escribir, pues como todo mundo sabe estos escritores en realidad son redactores de versos cuya vivencia en el acto de crear un poema es placentera, tal como muchos de ellos lo han expresado.

Bajar la cortina me quitó la pena del trabajo, pero no el trabajo, y eso me dio otra visión de las cosas.

Como dije alguna vez, busqué un perfil del poeta, pero ni Robert Graves que lo define como un visionario me pareció certero aunque sí muy cercano. Y así como no hallé un perfil, tampoco encontré una metodología para el desarrollo de la imaginación poética que valiera la pena –desde la sinéctica hasta el pensamiento lateral o las inteligencias distintas de Gardner, pues todo esto de la creatividad se hizo para el negocio.

Hace tiempo leí a Ibn el 'Arabi que decía haber soñado al enviado de Dios con un libro en la mano, el "Fusus al Hikam", que ordenó que lo escribiera para el provecho de los hombres. El 'Arabi respondió: "Escucho y obedezco".

En la traducción al inglés de esta obra, el traductor menciona que traía este libro bajo el brazo cuando se encontró a un amigo sufi que le dijo "No lo vas a entender porque no tienes la visión interna indispensable, pero cuando la tengas ya no necesitarás leerlo".

Frente a esto me di cuenta que escribir poesía era un proceso que se inicia con una negación, "quitar la pena del trabajo", al que le sigue un acto de sumisión, "escucho y obedezco", y continúa con la certeza más insólita en el hacer, "no lo vas a entender porque no tienes la visión interna", que concluiría con otra certeza en el plano negativo, "cuando la tengas [la visión interna] no necesitarás leerlo".

Con esa visión de las cosas he escrito un libro de reciente aparición: mucho trabajo sin la pena del trabajo.

Bajar la cortina fue vaciar el cuenco, como dice Bahaudin Naqshband, llegar al punto cumbre en el que cualquier individuo decide cambiar y tomar nuevos rumbos o regresar a su pasado seguro.

Mi último libro es uno de los frutos del cuenco vacío, del que ni yo he logrado comprender cabalmente el proceso porque aún estoy, como decíamos entre un grupo de amigos, "en la licuadora".

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