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Domingo , 27.05.2018 / 09:16 Hoy

Los caminos no vistos

Confianza en el anteojo y no en el ojo

Carlos Prospero

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Aunque muchos se sientan, es necesario decir que en los últimos treinta años todo mundo se ha preocupado excesivamente por él mismo, como si otro que no es ellos hubiera borrado de un brochazo la realidad, el mundo, y no hubiera ninguna referencia externa para establecer los límites del yo frente al mundo.

Alguien –nadie sabe quién– se robó al mundo, igual que en Momo alguien se robó el tiempo, y por ello una de las preocupaciones es la construcción del yo, pero no la recuperación del mundo.

Ese yo que se construye con la experiencia, es decir, con el método de ensayo y error mediante el contacto directo con los demás y con el mundo, hoy se elabora artificialmente, mediante la formación intelectual por excelencia, la lectura de libros.

Aunque no deja haber contacto con el mundo natural y social, el centro de formación son las lecturas, pues en un acto de regresión se privilegia al racionalismo sobe la intuición y sobre la percepción.

Hay un fuerte grado de desconfianza de los sentidos, consecuencia de esas ideas racionalistas que proponen, que insisten, en la documentación o registro de los hechos para demostrar su existencia.

Producto de un Estado represivo y de una cultura jurídica, la presentación de pruebas es fundamental.

Hay casos (in)documentables, que pueden parecer simples anécdotas, de periodistas que fueron requeridos judicialmente para demostrar los hechos que asentaran en sus notas.

La construcción de la ideología de un Estado representante de la burguesía neoliberal globalizada ha conllevado a la aminoración de la imaginación como daño colateral.

Tal hecho transformó el centro de interés en lo literario, provocando el paso de la poética a la retórica.

La retórica nos enseña los artificios para escribir bien, pensar de manera tal que se puedan ganar discusiones y usar las figuras del pensamiento con el fin de embellecimiento de la dicción solo para lograr la persuasión.

La retórica es un modo de pensar directivo: le dice al receptor qué hacer.

Esta dicción hoy en boga en los textos literarios tiene semejanza con la novela del siglo XVIII, que daba instrucciones al lector sobre su formación.

La novela de formación se ha transformado en el texto poemático directivo del siglo XX y lo que va de éste.

Así, los textos de forma poética se refieren a hechos mostrables, perceptibles, retóricamente construidos, que le dan al lector una dirección para la formación de su espíritu.

Después de esta de(s)construcción del arte, ahora sólo queda ponderarlo con manifestaciones lo más banales posibles, con adjetivos, interjecciones y expresiones de admiración.

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