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Lunes , 18.06.2018 / 17:17 Hoy

Los caminos no vistos

Aprendices de brujo

Carlos Prospero

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Una manera de curarse, decía la psicoanalista, es sacar las cosas a la luz, como decía Jung: si escribes tu verdadera biografía podrás resolver tus traumas.

El mismo Jung se vio en un problema cuando una persona le dio su biografía reclamándole que no se había curado.

Aunque luego le aclaró por qué no se había curado, dejó indicó que había ocultado algunos hechos que detuvieron su proceso.

Este proceso de autoengaño llegó a un nivel más refinado posteriormente cuando se sugirió que la persona escribiera poesía como forma de resolver sus problemas.

En realidad, escribir poemas se volvió una forma de encubrir la realidad personal, sobre todo en personas que tenían serios problemas psicológicos. pues la escritura de poemas era sólo un procedimiento de terapia ocupacional.

Algunas personas que tienen una posición de autoridad en el campo literario han avalado los resultados de estos procedimientos terapéuticos elevándolos a la categoría de arte.

Ahora es una tendencia escribir aplicando la técnica de asociación de ideas,

Escribir de esta manera indujo a la confección de palabras, unas tras otras, sin importar el contenido que define a la poesía.

De allí el proceso de enajenación que separa al autor de sus productos con la justificación que sirve de argumento: "Dios quiera que estos poemas contengan algo de poesía", o "es el lector el que determinará el significado de estos poemas".

El autor, enajenado de su producto, no se hace responsable de lo que hace.

Esta actitud es la misma que tienen algunos hombres respecto de los hijos que engendran (fornican, pero no se hacen responsables si la mujer queda preñada), y de las mujeres en relación con los hijos paridos (los críos les quitan "su" tiempo y por lo mismo resultan un estorbo para su realización como personas).

La poesía es el registro de una vivencia sensible que, como decía Heidegger, se identifica con la toma de conciencia de esa realidad experimentada y llega a ser la conciencia misma.

Pero cuando deja de ser conciencia humana, lo que se escribe no es más que un artefacto, un objeto enajenado del autor.

Esa es la tragedia de los escritores de hoy. Saben mucho, pero no lo aplican. Bien pueden dar una cátedra sobre gramática, poética o retórica, pero no lo aplican a sus textos como algo propio.

El aprendiz de brujo, cuenta Goethe, perdió el poder que tenía sobre las cosas. Les dio vida, pero se le fueron de las manos, y espera que llegue el mago-maestro para que restituya el orden que él con su engreimiento deshizo.

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