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Viernes , 19.10.2018 / 09:36 Hoy

Australadas

Un goya suspicaz

Carlos Gutiérrez

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Oficialmente lo digo: Me gustaba el fútbol, pero evolucioné. Y digo me gustaba porque creía sinceramente en su eficacia como entretenimiento. Me agradaba saber que un buen partido se venía en puerta y conseguiría sustraerme un par de horas de lo que fuera que estuviera haciendo. Tal vez lo que necesitaba era eso, ausentarme de la realidad. Cierto es que para tal fin sobran estímulos, pero lo mío, lo mío era el pambol.

Digamos que me gustaba... hasta que dejó de gustarme. Aunque antes iba con preocupante frecuencia al estadio de Ciudad Universitaria, e incluso llegué a tener el abono que me garantizaba el lugar en la grada cada quince días. Insisto, me gustaba hasta que dejó de hacerlo. Dejó de atraerme algo que sabía que estaba hecho para ocuparme mientras me ocupaba en algo. Dejé de ir a la cancha y hasta dejé de verle por televisión. Y sustituí los hábitos por la lectura precisamente sobre fútbol.

Galeano, Valdano, Villoro. Los clásicos y sus discípulos entusiastas. Y por enésima vez abrí los ojos a eso que en la escuela se nos vende: las industrias del entretenimiento como agentes de enajenación y control social. Y entre ellas el fútbol como uno de sus protagonistas. He pensado en este tema luego del tuitazo de Sebastián Verón, el actual emblema de los Pumas de la UNAM, en el que anima a sus compañeros a seguir en la brega a pesar de la penosa situación por la que atraviesa el equipo, arguyendo que solamente acatan órdenes.

Pocos escenarios en el balompié son tan polítizables como irle a Pumas. Uno se asume como seguidor combativo sin ánimo para otra cosa que no resulte contracultural. Por mucho que la contracultura sea un reducto ofrecido por el propio sistema. Por eso entiendo el caos al haber pateado el avispero. La puesta en duda de la credibilidad de la institución con ese tuit. Porque la duda se cierne sobre la Universidad, mal entendida como la casa de los Pumas, cuyo rector, sin lugar a dudas es el patronato que utiliza los colores institucionales y que no es otra cosa que un ente privado y ajeno a la propia UNAM.

Ahí está la información en la red, ahí está el ejercicio de observación participante que se puede hacer cada quince días. Ahí está la historia del equipo y esa permanente desvinculación casi indiferente con respecto a la Universidad. Y, por supuesto, ahí está la suspicacia que no haría más mella si no explotara en un polvorín ideologizado como es el universitario. Ahí está la raza por la cual, dicen, habla el espíritu. Lo que sea que diga.

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